- Por medio de una transfiguración que implica las pistas y los caminos de la cábala, junto a misteriosos dígitos y combinados que van a parar a lo más secreto de la vida, nace una nueva forma. Rastros reciclados de una descomposición a merced del paso diario del hombre que desprecia cuando camina, pisando y marcando sin cuidado el arte de lo roído ante sus roces con el tiempo, con el uso que emerge de la sombra y de la oxidación, engullendo pedazos de materia olvidada en los callejones y los techos de zinc. Han sido trozos de madera flotantes que sobrevivieron alguna vez sobre el barro y llegaron a las superficies de asfalto y lo cotidiano.
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- Pero el resplandor evolutivo de Amilcar Arapé ha hecho del desecho una práctica esperanzadora que hace surgir innumerables fuerzas, reclamando a gritos y manchas plenas una liberación y una propuesta seria para asumir el olvido de lo que ya no es práctico, pero aún rescatable por las garras de la imaginación transformadora, presente y primitiva del hombre que aún posee la memoria del mundo que le rodea y que le acecha con las cargas oxidadas del tiempo. Así, objetos que perecían han adquirido, por medio del trazo y la intervención oportuna, un nuevo plazo para la eternidad.