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Amrik. Núcleo Inmigrantes |
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Oswaldo Truzzi |
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Amrik es una aproximación a cómo los inmigrantes árabes pronunciaban América, destino de muchos jóvenes que, a partir de fines del siglo XIX, buscaron mejorar la vida de sus familias emigrando, haciendo de la América, tanto del Norte como del Sur, Amrik. Para ser más preciso, nuestra América, la del Sur, es reconocida en todo el mundo árabe como “La Otra América”. La presencia de la cultura árabe en América del Sur precede, sin embargo, en varios aspectos, a la inmigración inaugurada a fines del siglo XIX. Ella estuvo presente desde el comienzo de la colonización, patente en la lengua, en la música, en la cocina, en la arquitectura y decoración, en las técnicas agrícolas y de irrigación, en la farmacología y en la medicina. Es que los árabes dominaron por casi ocho siglos la península ibérica, fijando una influencia marcada en nuestros colonizadores. Gracias a esa larga convivencia, forjada por mozárabes, mudéjares y mestizos[1], los dos idiomas practicados en la península ibérica son fuertemente tributarios del árabe. Albañil, aduana, café, algodón, azufre, zanahoria, berenjena, babuchas, cifra, azúcar, elixir - componen los cerca de cuatro mil vocablos de origen árabe, que constituyen el tercer aporte a la lengua castellana, detrás apenas del latín y del griego. Influencia que también se observa sobre el idioma portugués a través de millares de palabras, como oxalá (en castellano, ojalá), derivada directamente de in sha Allah, cuyo significado - se Deus (Alá) quiser (si Dios quiere), tan común en nuestro lenguaje coloquial - refleja la supremacía de la voluntad divina sobre la acción humana. En el siglo XIX, en la Bahía esclava, al nordeste del Brasil, las presencias del idioma árabe y de la cultura musulmana ya se insinuaban en vínculos religiosos, a través de los africanos de ese origen. Fueron los árabes quienes introdujeron en la península ibérica cosas tan básicas como los números arábigos [sic] (en sustitución de los romanos, de difícil manipulación para los cálculos), juegos como el ajedrez, el backgammon, y el propio arte caligráfico, ya que encaraban la palabra escrita como el medio por excelencia de la revelación divina. En el arte culinario, difundieron el uso del café, de dulces propios y productos de pastelería, del aceite (del árabe az-zayt) en sustitución de la prohibida grasa de cerdo, y de muchos otros condimentos, como el azafrán (az-zaHafrán), la nuez moscada, el clavo, la canela, la pimientas y otros condimentos. En la música, el laúd de origen árabe tuvo vasta descendencia americana, procreando verdaderas familias de instrumentos: el cuatro, cinco, seis y el octavo venezolano, la bandola en Colombia y Venezuela, el bandolim y el cavaquinho brasileño, el charango del altiplano andino y el banjo de los negros norteamericanos. Eso sin hablar de la gaita árabe, posible antecesora de la gaita ibérica, y del adufe, precursor del pandero. Los árabes llevaron también a Europa el cultivo del arroz y de la caña de azúcar, esta tan fundamental en la obra inicial de nuestra colonización. Y la aridez de los suelos desérticos los capacitó como maestros en las técnicas agrícolas y de irrigación. En la arquitectura, el estilo mudéjar, típicamente ibérico, constituye posiblemente el acontecimiento de mayor trascendencia en la historia del arte español, caracterizado por la simbiosis armónica entre el arte árabe-musulmán y elementos del arte europeo-cristiano, gótico en particular. En toda la América del Sur, la presencia de patios internos y fuentes, la distribución de los espacios, balcones y bóvedas de iglesias y conventos reflejan la arquitectura mudéjar, presente en Colombia; en Bolivia, particularmente en Sucre; en Perú, en la Catedral de la Virgen de la Candelaria, en el poblado a orillas del lago Titicaca; en Chile, en la iglesia de San Francisco en Santiago o en otras localidades del altiplano andino, mientras que verdaderas obras maestras se encuentran en Quito, en Ecuador. Otros elementos, como los balcones del palacio episcopal de Lima, o incluso el salón Alhambra, en el Club Español, en la capital porteña, atestiguan una influencia indiscutible.
El segundo movimiento marcado de la presencia árabe en América del Sur fue la llegada directa de inmigrantes, sobre todo sirios, libaneses y palestinos, a partir de fines del siglo XIX. La pretensión inicial era una inmigración temporaria, destinada a redimir sus familias de situaciones sociales y económicas difíciles, desfavorables. Pero lo que pretendía ser provisorio acabó volviéndose permanente y, en lugar de que el inmigrante regresara, fue la familia quien lo acompañó. Hermano empujando hermanos, hijos, esposas, primos, padres, tíos, abuelos, coterráneos, conocidos. Desde los vendedores ambulantes de la Amazonia, extendiéndose por toda América del Sur, el mismo apelativo: turcos, fue motivo de quejas frecuentes. Hasta la Primera Guerra Mundial, vinieron con pasaportes expedidos por el Imperio Otomano, ya en decadencia; pero no querían verse confundidos con sus opresores. En el clásico Gabriela Clavo y Canela, de Jorge Amado, una de las figuras centrales es la del “turco”, en realidad hijo de inmigrantes sirios. Planeando regresar después de algunos años, muchos vinieron solteros, en busca de un ahorro que pudiese atenuar las dificultades de las familias dejadas en las aldeas, pero tan presentes en la conducta y en la memoria. Como referencia en la nueva tierra, siempre un pariente o un coterráneo establecido hacia más tiempo. Aunque la principal ocupación del árabe en su país de origen haya sido la agricultura, en toda América del Sur, la mayor parte escogió como profesión el comercio. Se lanzaron al interior como vendedores ambulantes, difusores de las novedades de la capital en los rincones más distantes. Caja o valija, al hombro o a lomo de burro, vendiendo baratijas de todo tipo -líneas de costura, fósforos, ropas, tejidos, bisuterías, alimentos – todas mercaderías de consumo popular. No importa si en los Andes venezolanos, en la Guajira colombiana, en los cerros chilenos de Las Condes, o en las calles polvorientas de poblados de la pampa argentina,“el turco buhonero”, vendedor de baratijas se volvió figura habitual. Sin contar la presencia en los conglomerados urbanos: Montevideo, Santiago, La Paz, Santa Cruz de la Sierra, Valencia (Venezuela), Lima, Cuzco, Bogotá y Barranquilla, ésta en la Colombia caribeña, inspiradora de la Calle de los Turcos de Macondo, en la famosa novela de Gabriel García Márquez. Como muchos otros grupos que fueron llegando, se aglomeraron en zonas centrales, aptas para el comercio. En São Paulo, en la calle 25 de Março, adyacente al mercado municipal. En el centro de Río de Janeiro, en la calle de la Alfândega. En Porto Alegre, las calles General Andrade Neves y Voluntarios da Pátria. Población fundamentalmente urbana, en Buenos Aires se concentraron en el barrio de Retiro, próximo al puerto y a la estación ferroviaria, y, en Santiago, en la llamada Recoleta. Después de algún tiempo viajando, el inmigrante acaba por establecerse, montando negocio propio, y dejando el puesto anterior para parientes o conocidos recién llegados. De hecho, es común la apreciación de que en Brasil, en cualquier lugar, existe “turco con negocito”.Y no es raro, ese establecimiento comercial fue uno de los más importantes en ciudades del interior, localizado en general cerca de la plaza o la iglesia del lugar, confiriendo cierta centralidad e inserción social privilegiada a su propietario. Esa misma situación se repite a menudo en varios países del continente, inspirando, por ejemplo, en la literatura de Isabel Allende, al increíble Riad Halabi, personaje magnánimo, cuyo negocio “se volvió el más próspero de la región, donde se compraba de todo: alimentos, adornos, desinfectantes, tejidos, medicamentos y, si algo no existía en stock, era encargado al turco, que lo traería en su próximo viaje”. En ese proceso, reinventaron el comercio popular, concediendo plazos y créditos, promoviendo liquidaciones, girando rápidamente el stock para operar en escalas superiores, en el sentido del comercio al por mayor. Muchos incluso no se detuvieron allí y fundaron industrias, la mayor parte de ellas en el ramo textil y de confecciones. Quien se disponga a acompañar las trayectorias de familias árabes en la región no dejará de notar en todo el proceso de inserción en las diferentes sociedades la centralidad de la familia y del trabajo. Familia comprometida con el trabajo; negocio al frente, casa en los fondos o en el piso de arriba del edificio; familia moreando, trabajando como moros... Vencidas las dificultades de la primera generación migratoria, los pioneros trataron después de buscar para sus hijos el ascenso socioeconómico vía educación. Querían verlos como doctores, sobre todo médicos y abogados. A partir de entonces, la inserción privilegiada y el amplio conocimiento del tejido social, seducido aliados a la legitimidad que un diploma de profesión liberal confería, fructificaron en carreras de relieve, en diversas áreas, como medicina, docencia, literatura y política. Una peculiaridad que ilustra la integración vigorosa entre las dos culturas es la incorporación de manjares de origen árabe a las cocinas locales. En São Paulo, un cuarto de las comidas servidas en bares y restaurantes proviene de la cocina árabe. En diversos países de la región, algunas recetas difundidas por los inmigrantes son populares, como quibe, esfiha, tabule, cuajada, babaganouche, pan sirio, mamul, empanadas, greibi, rellenos y medialunas árabes. No tardó para que el sentimiento de gratitud de muchos inmigrantes árabes con la patria que los acogiera fuera expresado en numerosas oportunidades. Hasta hoy, más de un siglo transcurrido desde la llegada de los primeros inmigrantes, en las entrevistas realizadas entre los más viejos, entre aquellos capaces de mirar hacia atrás, consciente de las dificultades enfrentadas y del camino recorrido, el balance de la trayectoria y de la vida no deja de registrar testimonios emocionados. Ese sentimiento de gratitud y confianza se acomoda bien con las peculiares y fecundas trayectorias vivenciadas por los pueblos de origen árabe en todo el territorio sudamericano. La huella de esa experiencia gratificante, si es repensada y actualizada para las condiciones actuales, también podrá germinar en una relación más estrecha de la América del Sur con países y sociedades del mundo árabe más amplio, más allá de las regiones tradicionales de donde provinieron los principales contingentes migratorios. Notas [1] Mozárabe se refiere al cristiano que vivía en las tierras conquistadas por los musulmanes en España; mientras que mudéjar (del árabe mudayyan, los que quedaron) dice con respecto al individuo de origen árabe que se mantuvo en la península ibérica después de la Reconquista por los cristianos. |