Edmundo Bracho

DEMORAS

Rodamos en un taxi por Lamaha Gardens. Salimos de entre los corredores que adornan mangles y moriches solitarios sobre un pulido césped, dejando atrás las mansiones de maderas victorianas. En el vecindario de Lamaha la grama se poda como en ningún otro sitio de la capital. "Mire esas casonas de ricos, ¿ah? -me dice el taxista-, aunque la verdad es que aquí en Georgetown nadie es tan rico". Por la carretera que corre hacia el sur, nos dirigimos al Groove, una zona menos privilegiada que los Gardens, ya en las afueras de la ciudad. Llegaríamos a uno de los muchos ashrams que bordean la amplia vía de asfalto, de espaldas al río Demerara y asomado sobre la hierba alta y húmeda que siempre está por ceder al pantanal.

Ya frente a las estatuillas de las deidades hindúes, esperábamos al custodiador de ese modesto templo dedicado a Shiva. La entrada tiene, a modo de bienvenida y de bendición, una estatua del dios mayor y 108 shiva-lingas a su alrededor. Cada uno representa un nombre diferente o una mutación específica de Shiva. Anticipando la impuntualidad del pandit Hanif, el taxista me dice: "como que nos toca esperar mucho. Aquí la gente se toma su tiempo".

Quienes salen a recibirnos -a mí y al taxista- son tres niñas. Bajan, como si de una procesión se tratara, de un palafito enjuto, contiguo al templo, que intenta resguardarse más de la maleza indolente que de alguna alza del río. Una de ellas se llama Jenny, quien también espera al pandit para acompañarlo a la ceremonia de una boda hindú. Ella es parte del coro ceremonial.

"Siempre es mejor que las que participan en el coro sean muchachas jóvenes o niñas, y vírgenes. Y claro, casi todas son hindúes. Yo soy hindú, aunque no sé porqué me pusieron un nombre cristiano, Jenny. Mis papás dicen que me lo pusieron sencillamente porque les gustó. Pero, no sé, aquí la gente como que espera que me llame diferente, que tenga un nombre propiamente hindú.

Mañana es el día final de la boda, y bueno, hay que ir bien vestida. Muy bien vestida. Por eso voy a vestirme con mi mejor sari, con mi mejor vestido. Es de seda pura. Aquí y en Trinidad se consiguen buenas telas, al menos eso dice mi mamá. Ella me hizo el vestido. Y también voy a llevar puestas mis mejores joyas: los prendedores son de oro, con esmeraldas; y también los anillos que llevo son de oro puro.

Mañana será el cuarto y último día de la ceremonia. Pero como es domingo nadie comerá carne. Comeremos los siete currys, como es tradición.

El pandit Hanif y mis papás dicen que es bueno ir a las bodas. Conoces gente y es buen dharma, haces algo que está bien y que te traerá buenos frutos. Yo quiero casarme a los 24 años, así que me faltan cinco años. Si una muchacha hindú llega a los 25 años y no tiene un prometido, toda la familia empieza a preocuparse. Pero mis papás no están preocupados. Tengo un novio. El mismo novio desde que tengo 16 años, sí. Él también es del Groove. Todas mis primas se casaron antes de los 25, y yo voy en buen camino. Mi novio es hijo de un vendedor de oro. Vengo mucho al ashram a rezar, a leer el Gita. Y ahora estoy por ir al penúltimo día de la ceremonia. Eso me hará bien. Ojalá el señor Hanif llegue a tiempo". 

ÉXODOS 

Le pregunto a la bibliotecaria: "¿Dónde puedo encontrar libros de autores guyaneses?"

- Bueno, pues, aquí tenemos algo de Braithwaite, ¿sabe? Pero... otros autores, no sé. Busque en la estantería pequeña que está en el centro de la sala de lectura. Ahí algo habrá.

E.R. Braithwaite es el autor del best seller To sir, with Love. La novela se llevó al cine, y es quizá por eso que tantos guyaneses sepan de su  existencia. Edgar Mittlehozer es el gran narrador popular entre los nativos, perteneciente a una generación anterior a la de Braithwaite y de Wilson  Harris. Éste -dicen los scholars-  es el escritor de más fortaleza literaria del país y de mayor proyección en el extranjero, autor del cuarteto de Guyana.

La biblioteca de Church Street, que es la Biblioteca Nacional, es escasamente más modesta en su arquitectura que el conocimiento que tiene la bibliotecaria de los autores nacidos en Guyana.

Me pregunta un señor de oído atento: "¿Está usted buscando libros sobre Guyana?"

- No, más bien de autores de Guyana.

- Ah, lo que pasa es que los autores de Guyana escriben desde fuera de Guyana. ¿Me entiende?

James tiene 64 años, sólo ha estado fuera de Guyana cinco veces: tres en Trinidad, una en Venezuela y una en Barbados. Pertenece a ese tipo de obsesos que han hecho de la lectura su único mundo habitable. Se puede decir que conoce todo el fichero de la biblioteca de cabo a rabo, lee a diario cada titular del Guyana Chronicle y del Stabroek News y además, el Daily Telegraph que arriba desde Inglaterra cinco días después de su edición.

James me conduce hasta el tímido conjunto de anaqueles.

"¿Le gusta Michael Anthony? Aquí hay muchos libros de él. Creo que él es de los pocos que vive en Guyana. Todos los demás se van, como Roy Heath o Wilson Harris. Es que aquí casi no se publica nada. Sus libros eran publicados en Puerto España o en Kingston o, sobre todo, en Inglaterra. Yo no creo que haya que irse para allá para poder escribir. No sé qué piensa usted. Para publicar, sí, porque un manuscrito no llega tan fácilmente a una imprenta aquí en Guyana. Esa es la regla. Este que tengo aquí es un clásico: The wounded and the Worried, de Mittelholzer. Es un poco pesimista, pero es buena novela. A ver. Éstos que están por aquí son escritores de las islas Sam Selvon, George Lemming, V.S. Naipul. ¡Ah!, él es trinitario, aunque ya es como un lord inglés, pero aquí lo leen mucho. Este que está aquí, Zulfikar Ghose, es de la India o Pakistán, no me acuerdo bien, pero también lo leen aquí mucho, sobre todo los asiáticos, los guyaneses de origen asiático, quiero decir. Este sí no sé de dónde es, Alejo Carpentier. No sé quién lo lee, pero hay muchos libros de él. Mire. Pero guyanés no es".

Tomo un ejemplar de Los pasos perdidos, de Carpentier, en traducción inglesa; y uno de Palace of the Peacock, de Harris. Dos exploraciones emblemáticas del Caribe mítico: en sus páginas, El Dorado resuena como espejo de la muerte y constante.

"¿Usted sabe de ese Carpentier? Guyanés no es, porque yo no lo conozco", dice James, con oído atento.

MILAGROS

Por Water Street, en Lacytown, se llega hasta Guyana Stores. El edificio es de una limpia estructura que recuerda a alguno de aquellos dictámenes de funcionalidad de las escuelas arquitectónicas de los años 50. De hecho, pareciera datar de esos tiempos. Es una de las tiendas por departamento más grandes de Guyana. Lo más importante es que está bien dotada de un efectivo sistema de aire acondicionado. Deja en suspenso la corriente caliente y húmeda de la calle.

En la acera de la entrada, un grupo de febriles rastafaris vende posters con imágenes de Bob Marley, Martin Luther King y un facsímil del cuadro de La última cena, de Da Vinci, sólo que tanto Cristo como los doces apóstoles aparecen como rastafaris negros. Un bello trucaje del Black is beautiful, lema que lee un cartelito cercano. Y el verde, el rojo y el amarillo rompen la monotonía de la parca fachada. Lo mismo que las babas disecadas, dispuestas en docenas sobre el asfalto y puestas a la venta por un rastafari de edad avanzada, Dawson. Entre el jaleo de la buhonería, y cercano a la encrucijada de aire acondicionado y aire caliente, Dawson, intenta hacer avances de pequeño mercader, desde una garganta árida mucho peor atendida que sus risos y dreadlocks ya canosos: "Lléeevese su alligator. Nooo muerde, y espantaaa mosquitos".

"Yo mismo cazo estos animalitos. Hay muchos, así que hay para todo el mundo. Yo aprendí a cazarlos de niño, ahí en el Demarara, cerca de Linden. Salir a cazarlos era jugarse la vida, no por los caimanes, ni las rayas, ni las culebras. Por los mosquitos. Los jóvenes de hoy no tienen idea lo difícil que era vivir aquí hace años. Hace muchos años, digo. Aquí mismo, en el propio Georgetown, mucha gente caía muerta de malaria. Una tras otra, ¡plaf! Malditos mosquitos. Por fin en los 50 empezó una campaña de vacunación.

Antes de eso caíamos como moscas, uno tras otro, debido a la malaria. Los inmigrantes indios caían, los negros caían, los amerindios... esos sí aguantaban. Ellos podían contra la malaria, pero no pudieron contra el hombre blanco. Y a la gente que vivía en el hinterland, en la selva, que es prácticamente todo el territorio menos la costa, le iba muy mal; ahí nadie sobrevivía. Recuerdo que de niño era normal en toda Guyana que algún hermano se muriera antes de los cinco años debido a la malaria. La muerte siempre nos bailaba al lado. De hecho a Guyana se le conoce en el mundo más que nada por el suicidio colectivo de Jonestown, allá en el año 1978. Eso fue una locura: mil muertos, y es lo que nos puso en el mapa: ¡Sí, esa locura! Pero nadie sabe que cada día morían muchísimos, niños y viejos, hombres y mujeres, por una picada de mosquito. Creíamos que era algo normal, porque era lo único que conocíamos. De repente la gente dejó de morirse y -¡¿qué estaba pasando?!- no lo creíamos. Era como un milagro esa vacuna".

POCIONES

Los ritmos del soca y del calipso estallan en un circo catódico. También los de reggae, dance hall, hip hop, pan jazz y chutney soca. Pero el calipso es rey, y en el mercado de Stabroek cada mercader vocifera su lote como mejor pueda. Franelas con logos de basketball, frutas tropicales, utensilios de cocina, zapatos de goma, relojes y collares, hierbas y tubérculos, picantes y currys, elixires y pociones, el plato de todo buen día: el pepperpot, además de roti, cangrejo, casareep y plátano.

Ajustadas a la sombra de la torre de la plaza, quizá el hito urbano más distintivo de Georgetown, tres mujeres han decidido vender su cosecha con estruendo. Una de ellas, Chrissy, con pupilas de visionaria, tez muy negra y dentadura rociada de oro, sale a la luz del mediodía en creole raigal, trancado, difícil: "Hey, son... llévate este picante de tamarindo. Lo pruebas y luego lo vas a querer comer hasta en la sopa... Anda, prueba un poquito, son".  

- ¿Este picante lo hace usted misma? Parece casero.

"Todo lo que ves en mi stand es casero, dear. Tengo diez tipos de chutneys. Todas esas salsas las preparé yo. Si las pruebas, te las llevas todas. ¿Te vas a quedar para Mashramani? ¿No? Ah, qué lastima. Eso sí que es un carnaval de los buenos. Y te digo algo: si te quedaras para el Mash, te tendrías que llevar este jarabe que yo hago: en éste que ves aquí mezclo siete raíces y partes de corteza de árboles de la selva. La mezcla es explosiva, puedes pasar todo el día bailando y no te cansas. Puedes tomar todo el ron del mundo y no te caes nunca. Puedes pasar la noche entera haciendo el amor y sales bien parado ¿me entiendes, dear? Esto es el viagra guyanés, y lo hago yo".        

Una de sus amigas del puesto, también en creole cerrado, le comenta a  Chrissy que me nota un poco desorientado en relación al Mash, a la fiesta de fiestas. La vendedora, con una botellita de picante de mango en mano, comienza por asumir aires didácticos, incluso echando mano de un inglés más estandarizado. Explica que el Masharamani se celebra el 23 de febrero como día de la República de Guyana, pero que más que nada es una fiesta donde la gente se disfraza en cada pueblo y sale a la calle a desfilar con steel bands, y que el nombre correcto no es Masharamani sino Mashirimehi que es una palabra de los amerindios y que en definitiva le dicen sencillamente

Mash, y que todo el mundo pone dinero para ese día y también las grandes empresas patrocinan las caravanas y sus reinas, y que la gente sigue muy de cerca el concurso de la elección de Miss Mash o de la chica reina del Mash,  y que con el viagra natural que ella misma prepara cualquiera podría conquistar a Miss Mash, incluso yo, de verdad verdad.

SOLDADOS

"Ni los médicos ni los hospitales. A mí me salvó Alá". Tahseen Hamid habla a pocos metros de la entrada de la mezquita que resguarda, no sin una esmerada hospitalidad. A pocas cuadras del mercado de Bourda, en el vecindario de Queenstown, el pequeño complejo islámico, un modesto masjid, va rompiendo el silencio conforme avanza la caída del sol, y con ello, la cuarta hora de oración del día, la del maghreb. Con el llamado a oración, Tahseen sale ahora de una cámara no muy grande -ahí duerme y come- que con el tiempo se  ha convertido en una bondadosa quincalla de panfletos y librillos que hablan del buen camino y de la unificación del Islam. En esa misma cámara Tahseen dormía, tres semanas atrás, cuando cuatro fantasmas le arrebataron el sueño.   

Hay quienes dicen que los disturbios de entonces, cuando salieron los hombres de rabia a quemar y romper, se debieron a conflictos raciales, principalmente entre afroguyaneses e indoguyaneses (así han querido llamar a  aquellos cuyos ascendientes familiares llegaron de la India, mientras que a los aborígenes les dicen indoamericanos de Guyana). Otros opinan que aquellas llamas amargas fueron el resultado del choque entre los seguidores de las toldas políticas del Partido Progresista del Pueblo, que volvía a entronizarse en el poder, y el Partido Nacional de Congreso, tras otra derrota electoral. Para Tahseen la fatídica noche fue una prueba más de la supremacía de Alá. 

"Ya habían transcurrido dos días de violencia en la calle. Los negocios de la calle Regent, y prácticamente todos los de la ciudad, permanecían cerrados. ¿Quién quiere que le quemen su mercancía, que le destrocen sus tienda con piedras y palos? Yo me quedé aquí, haciendo mis oraciones como todos los días, y luego cerré las puertas. Pero yo nunca cierro la puerta de mi cuarto con candados ni nada de eso. ¿Para qué, si esta es la casa de Dios, y yo vivo en ella, y yo soy un buen musulmán? Yo ya estaba durmiendo cuando entraron tres tipos, habían abierto la puerta a golpes. No voy a decir si eran negros, si eran indios, si eran blancos, si eran chinos... Eso no me importa. Había odio en ellos, así que había mucha debilidad en ellos.

Me desperté con los ruidos que hicieron al abrir la puerta. Y entonces me cayeron a palazos. Me abrieron el cráneo en pedazos ¡Verdad! Estuve tres días inconsciente aquí, en mi cuarto. ¡Lo juro! Luego, mis hermanos musulmanes, descubrieron que estaba aquí porque la sangre corría ya por debajo de la puerta hacia el jardín, y nada sabían de mí. Cuando vi los médicos aquí, frente a mi casa, les dije que se fueran, que yo estaba en manos de Alá. Que sólo mi fe puede curarme. Ellos me dijeron loco. Me dijeron suicida. Me dieron dos días de vida. Un policía también me dijo loco porque no quise decir cómo, cuándo y quiénes. Pero Alá es lo más grande. A los once días yo estaba perfecto, mis cicatrices ya habían sanado. Ya yo hacía todos los rakaas que quisiera ofrecerle a Díos, todas las  postraciones. Alá me había curado".

Tahseen se quita el trapo blanco que le arropa la cabeza. Dice que cuando su abuelo materno llegó a Guyana procedente de un pueblito del Gujarat llevaba el mismo trapo. Muestra las cicatrices, todavía temblorosas, en su cráneo. Son muchas y hondas. "No me gusta mostrar mis cicatrices. No me gusta llamar la atención con ellas cuando hago da'wa por las calles, cuando doy mis sermones en público. Estas cicatrices son para mí, no para persuadir a los demás. Estarán ahí para toda mi vida. Para que yo sepa que soy un soldado de Alá".

CARRERAS

En días selectos y siempre antes de las seis de la mañana, una docena de devotos hindúes se reúnen frente al mar, caminan a lo largo del paredón que llaman Seawall, y lanzan flores al mar. En realidad, no las lanzan como quien deshoja una margarita para arrojar los pétalos al piso después del me-quiere-no-me-quiere, más bien las tienden suavemente, en montoncitos arreglados, sobre un oleaje melancólico y un agua parda. Sobre el mar Atlántico se van abriendo paso sus plegarias a las deidades. Eso es quizá todo lo sacro que al malecón de piedras coralinas le toca ver.

Seawall es más la referencia festiva quintaesencial de Geogetown. Los sábados y domingos en la noche, el malecón, marisma de la tierra índigo y  del fangoso océano, recoge hasta la madrugada a los jóvenes a ritmo de calipso urbano y entre los licores locales, la cerveza Banks y el ron El Dorado. Llegan en autos, que se estacionan para conformar la caravana del night life guyanés.

Es sábado en el Seawall. Todos toman y bailan. Los compañeros de trabajo le ofrecen una cerveza a Hamilton, un amigo con quien venía de jugar pool en Camp Street. "Hey, Ham, una cervecita, ma'".

- No. Hoy no puedo.

- ¿Qué pasa Ham? ¿Te metiste a monje o a maricón?

- No, ma´. Mañana tengo partido de críquet.

- Aaah.

Hamilton sostiene que la verdadera religión de Guyana es el críquet. Sus argumentos tienen el sustento de un teólogo del bate y la pelota: "Aquí están los anglicanos, los católicos, los presbíteros, los hindúes, los rastafari, los musulmanes, los congó, los animistas... pero a todos los une el críquet. Y tenemos el mejor equipo del mundo, el de West Indies, que es donde Guyana coloca a sus jugadores. Actualmente, el capitán del equipo de West Indies es un guyanés, Carl Hooper, y hay seis jugadores guyaneses en el equipo. Aquí en cualquier esquina, en la grama, en el asfalto, donde sea, ves a los niños jugar críquet. Quizá por eso hemos tenido a los mejores batsmen de la región. El equipo de West Indies siempre ha sido el más talentoso, lo que pasa es que hay veces que se vuelve indisciplinado y desordenado. En realidad, es todo cuestión de disciplina. Por eso hoy no me ves tomando. Tengo un Test mañana y no voy a llegar trasnochado ¿ah?" Hamilton, cuyo nombre de pila es Shivnarine, es de familia hindú, pero dice que no es practicante religioso, que en realidad el críquet hace más por integrar a Guyana -sin proponérserlo- que los credos. A la hora de hablar de críquet se siente especialmente a gusto con su gentilicio, incluso asoma un nacionalismo insospechado que trastoca su monólogo de carreras ejemplares con lances políticos: "Guyana no tiene porqué estar dentro de un equipo con Trinidad y Tobago, Jamaica, Barbados, Antigua, Saint Lucia y todas las islas. Podríamos tener un equipo propio, el equipo de Guyana. Lo que pasa es que West Indies es una palabra que dejaron los ingleses colonialistas. Ellos metieron todo en un solo saco, sin tomar en cuenta que tenemos igual similitudes que diferencias. Creo que por eso nos sentimos tan aislados de  todo. El colonialismo nos dejó eso: aislamiento, y también pobreza. A mí no me gusta que me digan West Indian. Antes prefiero que me digan caribeño -Caribbean-, y antes, suramericano, porque Guyana está en Suramérica, pero el mundo pareciera no querer entender eso. Nuestros vecinos son Venezuela, Brasil y Surinam, y eso es Suramérica. Pero nadie habla de Guyana como un país de América del Sur, prefieren arrojarnos a un pasado colonialista, y entonces salen palabras como West Indies y Commonwealth, pero somos otra cosa. Lo mejor es que me digan Guyanese". 

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