Luis Ángel Duque

I El despojo

En el mes de marzo de 2001, fue presentado el libro Azalea Quiñones, con textos del siempre excelente Roberto Guevara e impresión de Ernesto Armitano Editores. 

Con esta monografía Azalea Quiñones culminó un ciclo artístico que se inició en 1976 cuando egresó de la Escuela de Artes Plásticas Cristóbal Rojas de Caracas, en el cual, estrictamente con el dibujo y la pintura como medios, fue construyendo formalmente el cuerpo de una obra, afianzada en su carismática personalidad. 

Ese largo período creativo estaba centrado en dos ejes vitales para la artista, la religión y la familia, que convergían en sus grandes puestas en escena pictóricas pero, sobre todo, en sus autorretratos, verdaderos manifiestos de vida, donde la propia artista encarnaba —en el sentido más literal de frase— todas las formas del fuego creativo:  fue Jesús, en la Última Cena, fue Dora Maar estrábica o una damisela de Aviñón; fue la Virgen de la Dolorosa o la Virgen del Cobre, fue «Desnuda» o fue «Vestida» y aun una andrógina figura del tarot, que bien parece tener influencia de Modigliani. 

Dejando atrás valientemente las estaciones creativas consignadas en el libro antológico, Azalea Quiñones enfrentó el nuevo milenio despojando su obra de todo artificio pictórico, deshaciendo formalidades académicas, retornando al principio de las cosas y al dibujo. 

Así pues, desarrolló algo más de medio millar de dibujos, en mediano formato, de los cuales se exhiben dos series parciales, que ilustran sobre la objetividad y subjetividad de su personalidad creativa.  Ella los bautizó genéricamente como «Recreaciones» y, allí están incluidos, además, los bodegones, los autorretratos velados y temas aislados que domina con gran elocuencia gráfica.  Sin embargo, para esta exposición hemos seleccionado dos series, virtualmente inéditas para el espectador: Arcángeles y Orquídeas. 

Los Arcángeles, (cuaderno nº 5), estas presencias del supramundo que no son ni dioses ni humanos, han sido consignados muy hermosamente. Son siete personajes celestiales representados en 15 láminas, extraídos de una corte amplísima, pues según Dante suman varios millardos y parecen haber sido invocados para que la acompañaran en el viaje inmóvil, que después realizaría la artista en el ámbito solitario del taller: su tránsito de la pintura formal a la esencia de la pintura misma y al estado superior de la inmaterialidad. 

Las Orquídeas, (cuadernos nº9 y nº10), también de excelente resolución gráfica, obedecieron a un encargo del importante editor Ernesto Armitano, quien le propuso realizar una serie de ilustraciones botánicas con destino a un libro sobre orquídeas venezolanas, que no llegó a materializarse. 

Por esta vía Azalea Quiñones ingresó a un mundo de amplia biodiversidad y al ápice de la evolución de las plantas que dan flores, las angiospermas, debido a los atributos obtenidos por las orquídeas en términos morfológicos, anatómicos y fisiológicos.  Estas flores tan peculiares, son, como los arcángeles, sinónimos de perfección, y a las más de 35.000 especímenes clasificadas a nivel planetario, hay que incluir las casi 700 especies del país.  

Con manos y pupilas finas Azalea Quiñones realizó unas excelentes gráficas, con el mismo énfasis tanto en el conjunto como en los detalles, lo cual la emparenta con una larga tradición de ilustradores botánicos americanos que se remontan a los miembros de la Expedición Botánica, quienes bajo la conducción del inefable José Celestino Mutis estuvieron muy activos produciendo miles de láminas de la flora neogranadina desde finales del siglo XVII hasta principios del siglo XVIII.

II El tránsito

En la Grecia clásica a ciertas mujeres se le atribuían propiedades chamánicas y por ello participaban en los ritos de Eleusis en el Santuario de Delfos, pero por contradictorio que parezca estas aproximaciones al éxtasis no fueron reconocidas por las culturas mágicas de la América indígena que relegaban al género femenino como ente asociado a la producción de niños, enseres y apto para la agricultura y los alimentos. 

En Eurasia, de donde proviene el término chamán[1], algunos grupos siberianos sí reconocen que algunas mujeres están dotadas del don de la profecía y de la curación. 

De vuelta a Caracas, entre los años 2002 y 2004, Azalea Quiñones, en su tránsito a la inmaterialidad, ha creado sus nuevas pinturas en un espacio intermedio entre el estado cotidiano de conciencia y la imaginación mítica, lo cual la ha conducido a reducir el soporte de sus pinturas y a eliminar marcos y bastidores. 

Dicho trance creativo puede ser asociado a ciertas practicas conscientes o inconscientes del chamanismo, tal como lo definen los especialistas como M. Eliade o M. Hoppal. 

Ello la ha conducido a pintar obras donde comienzan a disiparse los fuertes motivos figurativos que eran tan determinantes en sus obras anteriores, en un tránsito hacia una pintura donde la transparencia parece ser una de las estaciones finales de las obras. 

Las indicaciones que le trasmitió un vivido sueño, cuyos detalles son recogidos en la entrevista que concedió para este catálogo, fueron de gran estímulo para emprender ese proceso de liberación y disipación de los elementos que plenaban sus obras anteriores, y que le han permitido fluir en un cauce diferente, pero igualmente intenso. 

Ante todo amplió los límites de su fe a una especie de panteísmo contemplativo, por lo que sus nuevas obras son más paganas que cristianas, por ejemplo, los arcángeles son más representaciones de la energía seráfica que la recuperación de la imaginería de los arcabuceros mestizos pintados en la Colonia por artistas anónimos en El Cuzco y Quito; y esta es la veta que transcurre, de menor a mayor intensidad, en sus nuevas obras: son testimonios de esa fuerza oculta que parece plenar el universo físico donde acontece nuestra vida.   

En nuestro país, en el siglo XX unos pocos pintores realizaron ese tránsito de consignar en su obra la volubilidad de la materia y obtuvieron ese don en la etapa final de sus vidas creativas.  Sus nombres: Emilio Boggio (1857-1920), Armando Reverón (1889-1954) y Héctor Poleo (1918-1989). 

Dos obras de grandes dimensiones, realizadas por Azalea Quiñones en el lapso 2002-2004 se erigen en emblemáticas de entre todas las pinturas expuestas y en ejemplos de nocturna inmaterialidad. 

Paz en la Tierra es monumental y aunque conlleva un mensaje explícito puede ser entendida según las leyes copernicanas.

En el soporte de la enorme tela han quedado impresas, como en el Síndone que se resguarda en Turín, Italia, las trazas de un universo que se organiza según el principio estético de la simetría y que vibra emanando su propia luz, envolviendo con su aura radiante tanto a la artista cuando las pintó como al espectador. 

Pero es tanto un sistema heliocéntrico como un universo en expansión como lo demuestra Azalea Quiñones en la sutil y también monumental Infinito Rojo, que clausura cronológicamente esta exhibición. 

La leve representación de la materia, pintada sobre seda natural, se expande en perfectas oleadas de color, organizadas radialmente, tiñendo el espacio físico con los colores que provienen del mundo espiritual.

Nocturna, inmensa, inmaterial, así es la pintura de Azalea Quiñones, en su apertura personal al nuevo milenio.


[1] La palabra chamán es de origen manchú-tungu y llegó al vocabulario etnológico a través del ruso. Mircea Eliade lo define como ‘el que maneja las técnicas arcaicas del éxtasis’. 

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