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Rosa Bohórquez |
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Azalea Quiñones. Confesionario Junio de 2004 |
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Ese jueves la pintora entró al MACCSI con paso firme. Estaba en marcha la producción de su exposición Paz en la Tierra, la primera que muestra su trabajo individual en un museo venezolano[1]. Su andar seguro por los pasillos era más que notorio, su sonrisa confiada y su manera de saludar con familiaridad. Azalea Quiñones se presentó puntual a la cita después de padecer un fuerte quebranto de salud que no impidió la enérgica apropiación de la entrevista para la que fue convocada. Aunque el tema acordado la atormentaba, no podía ser más cercano: su proceso creativo desarrollado en los últimos cuatro años. Yo honestamente no estoy aquí; ya para mí esta conversación quedó en el pasado, está concluida. Imagínate, cuando empezamos a hablar de la obra el «tiempo» se complica más. Es inútil recoger los pasos porque el pasado está quemado. Yo no hablo de mis etapas porque las he quemado para meterme en esta nueva, la de la nueva Azalea. Para llegar a lo que soy intervinieron muchos factores, algunos personales, de crecimiento propio y de madurez, intervino la convulsión del país, la convulsión mundial. Intervino también una gran reflexión al ver mi obra editada en un catálogo retrospectivo, me di cuenta de que poco se correspondía con lo que había llegado a ser, porque ahora estoy mucho más adelantada. Así justifica Azalea las novedades en su trabajo. Y describe algunos pasos que vivió para lograr los cambios. Un día me invitaron a un coctel. Yo casi nunca asisto porque soy una persona muy privada, muy interna, la gente me convulsiona. Allí estaba Jesús Soto y le dije: «¡maestro!, dígame cómo hizo para llegar adonde usted llegó». Me respondió que ya yo era bastante conocida, bastante reconocida y le insistí que yo quería hacer una obra nueva, diferente. Soto me dijo: «Bueno, tienes que trabajar todos los días sin parar hasta que encuentres elementos que te van a dar indicios de que estás en algo diferente, después de eso, progresivamente, se van proyectando las cosas nuevas». Entonces me quedé pensando, analizando. Lo archivé en el cerebro y pasó un año, ¡pasó un año de esa conversación pero siempre se me venía a la memoria! Yo sé escuchar buenos consejos, también sé darlos pero sobre todo valoro los buenos consejos y más cuando los pido. Pasó el tiempo y me encerré a trabajar el papel, hice 406 obras contenidas en diez cuadernos que llamé Recreaciones, las metí en una caja y desconecté eso. Mientras tanto hacía terapia y me involucraba en la edición del libro publicado por Armitano[2], que era algo muy convulsionante porque significaba remover todo mi pasado y ponerlo al día. Me involucré como una obrera porque siendo obrera aprendes a ser reina, ¡y el objetivo es reinar! Personas inesperadas me incentivaron a mostrar mis dibujos. Hice una carta y se la envié a todos los museos. De todos el más receptivo y con mayor calor humano fue el MACCSI. Un día del año 2002 me vine con esos papeles, acompañada por mi señora madre. Me recibieron muy bien. En la oficina una señorita contaba las piezas de cada cuaderno de Recreaciones cuando la directora dijo: «Va a ser una exposición muy interesante, pero, ¿dónde están las telas?» Yo me quedé impactada porque no estaba preparada para esa solicitud, estaba mostrando papel pero no había telas. Me fui a mi casa y al día siguiente empecé a trabajar, agradezco que no dijo lienzo, porque me hubiera coartado otra vez en el bastidor. Desde ese instante busqué telas, yute, algodón, sedas, rompí sábanas… yo tenía que hacer una obra nueva y diferente. Pero no repetirse es difícil. Hice telas grandes, de dos metros, y juré que no volvería más al pasado, y si volvía me retiraba de las artes plásticas venezolanas y me dedicaba a otra cosa, a hacer mi vida o a lo que sea… para no poner ejemplos grotescos. De ese proceso, que no fue fácil, nacieron 256 telas. El encierro de Azalea se extendió por nueve meses. Después de ese tiempo regresó al MACCSI y entregó una carpeta escrita con su puño y letra, en la cual describía cómo y dónde había hecho su trabajo. También especificaba que no quería nada con lo formal y que las telas iban sin enmarcar. A lo largo de mi carrera me di cuenta de que tenía que saltar obstáculos, así es más fácil el triunfo y llegar a la meta. Yo tuve que trasladar obras pesadas por muchos países; cajas, cajas, cajas y cajas llenas de marcos y bastidores que no llevan a ningún lado, porque en realidad lo que importa es la obra ¡Punto! Ahora, el que me quiera enmarcar, bueno, que me enmarque. Yo soy dueña de mis actos pero no puedo interferir en otros pensamientos. Cuando regresé al Museo con las telas le dije a la directora que había dado un paso al frente en las artes plásticas. A lo largo de mi proceso creativo he hablado con todas las directoras del MACCSI, y todas me han permitido mostrar mi trabajo aquí. Bueno, ese día me dije: «¡Entré al Contemporáneo, donde toda mi vida quise estar!» Antes no había llegado mi tiempo, no había conjurado la tela, no me había encerrado en este misticismo para encontrar un lenguaje nuevo. II «No tengo propiedades» Me vacié constantemente, de los recuerdos, de todas las añoranzas, de todas las angustias, de todos mis amores, todo lo saqué y me puse en neutro. Sola, sola ante la realidad que es una tela en blanco que tienes que llenar con algo nuevo. Y lo logré al final. Me costó. Me costó llegar a hacer 256 telas, porque estampaba y estampaba, cosía, quemaba, lavaba; volvía a las mujeres, las flores, las cosas, la misma cosa y anhelaba la hora de encontrar lo nuevo. Cuando habla de sí misma Azalea es muy tajante. También cuando se refiere a sus cosas: mi obra, mi empeño, mi nueva etapa. Omite con toda intensión una referencia posesiva de cosas materiales: «Que quede claro, ¡yo no tengo propiedades!»; no es por discreción, es que sus intereses no están relacionados con lo terrenal. En su caso, administra modos de producir una herencia universal, durante las 24 horas del día. Un día vi, en medio de la calle, una tela colgada que volaba con el viento. Una tela de seis metros que tenían los obreros de una construcción. Estaba con mi mamá y le dije que esa tela me gustaba. Se la pedí a los obreros y al mes me la dieron. Yo la lavé, la metí en la lavadora, la metí en la secadora y empecé a hacer un montaje especial que se me ocurrió en la Cota Mil, donde me imaginé un cuadro al que llamaría Paz en la Tierra. Porque sabrás, la pintura se hace primero en la cabeza. Tengo poco espacio de trabajo. Yo comencé esa obra de seis metros en un pasillo angosto, donde la tela estirada no entraba ni entraría jamás ¡nunca en la vida! Así que la fui doblando como una hallaca y fui pegando los colores, la colgué en los rieles, tumbé las cortinas de la sala —esa pared mide seis metros, casualmente— y empecé a hacer mi coordenada de amor: Del Cielo para la Tierra. Seguí estampando, seguí buscando y un día me dije: «¡Sí, he logrado cosas, he logrado hallazgos, he logrado algo dentro de esta investigación tan profunda!». Pero todavía no había llegado el momento. Entonces tuve un sueño. Fue en el año 2002. Yo estaba en la cúspide de una montaña con una indígena, ella tiró unas piedritas sobre su esterilla y allí vi una cantidad de cosas nuevas para mí, pero no sabía de dónde venía eso. Me desperté y solo pensé ¡Pero qué señora tan extraña! Pasó mucho tiempo y llegué a las 30 últimas obras, ¡30 últimas obras para que tuviera esas 256 telas! Un día me dije ¿Bueno, qué estoy haciendo?, Todavía no he llegado, ¿qué pasa? Llegó el 2003 y no he llegado. ¿Qué está pasando? Fue cuando empecé a hacer una obra que recientemente Luis Ángel Duque, mi curador, llamó Chamanismo. Estábamos en el Taller de Conservación del Museo cuando me dijo que yo no era sagrada, sino profana. Me sentí vulnerada, herida. Sufrí, lloré, pataleé, llegué a mi casa y me puse a analizar ¡Tiene razón! Yo profané esa tela para hacerla mía; la destruí, la violé, la quebranté, la rompí, la cosí, la uní, la despedacé, para hacerla mía. Mientras no haces eso —y es un acto muy alto de pureza, sabrás— no puedes decir que has logrado algo. Entonces recordé mi sueño con la indígena, ella me anunció el chamanismo, indudablemente. Lo que más me gusta de todo es que yo hice una obra que es propia del latino, una obra con carga humana, con alma. Es un paso al frente de nuestra cultura. No todo estaba dicho, lo acabo de descubrir conmigo, no todo estaba dicho, ¡no todo está hecho!. III El erotismo: un bien ofrendado Yo no soy una artista que se sale del arte, yo estoy dentro del arte porque soy artista. Escribo mucho, y sobretodo tengo la particularidad de hablar sola de noche. Como ayer que estaba en un estado febril y adiviné cosas maravillosas sobre el espacio. Me decía, este espacio lo vacío, lo vuelvo a llenar. Me ocurre que en las madrugadas medito con el rosario, rezo, soy una persona muy mística y, paradójicamente, mientras más mística más profana con la obra. Un sacerdote claretiano elaboró las cruces que adornan sus muñecas, pies y cuello, amuletos que no se callan la devoción católica de su dueña. Años atrás ellos habrían estado representados en la obra de Azalea, tan llena de autorretratos, pero el cambio ha significado también un sacrificio de su figura como musa. En estas telas hay algunas cosas figurativas que empezaron por supuesto conmigo misma. Pero hubo un punto en que decidí divorciarme de mí, ¿hasta cuándo yo? ¡No quiero más! Y empecé a conciliarme con figuraciones abstractas y manchas. Hasta los colores cambiaron, muchísimo, todo cambió, hacia todas direcciones. Y yo rezaba para que eso pasara. Cuando a una persona que cree le depositan la hostia en la boca, tiene que reconocer que Dios está dentro, y al llegar a esa convicción debe mandar mensajes de amor desde su guarida. Yo tengo mi guarida que es mi pintura, mi Chamanismo, mi Paz en la Tierra, mi lenguaje. Y tú tendrás tu guarida y él, todos podríamos renovar la paz en la Tierra. Debo reconocer que vivo separada del mundo, a veces no reflejo eso en mi forma de vestir, que es muy exótica. Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Mi obra es mi reflejo: tiene movimiento, tiene sensualidad cuando se mueve, es una obra que se puede incluso cargar, si te quisieras vestir con ella lo podrías hacer, es una obra que no tiene límites, no limita a nadie, no limita al alma, no limita al cuerpo, no limita nada, es una obra que se entrega, que se deja tocar, que se deja palpar, que se deja manipular, que se deja sentir. Yo llegué realmente a lo puro y en eso me ayudó mucho mi fe cristiana. Y tiene mucho de femenino. Ubico las flores en una serie dedicada a la pintura con distintas clases de flores artesanas y otras flores sobre seda, todas imaginarias al igual que mujeres y desnudos. Este paso pertenece a uno de los primeros que di antes del estilo chamanismo. También está la serie de los cuadernos Recreaciones de arcángeles y orquídeas que hice en el año 2001 y fue lo que mostré al MACCSI en papel durante la primera reunión. Lo exhibiré como algo nuevo pero ya para mí quedó en el pasado; ahora mi centro es el chamanismo, es lo que voy a desarrollar a partir de ahora. IV La verdadera eucaristía Me gustaría tener un país más bonito, poco a poco con lo que estoy haciendo contribuyo. En Venezuela no se resolvieron muchas etapas y los tiempos se tienen que cumplir, así como se cumplen dentro de tu casa para que un hijo crezca, en el caso de las que tienen hijos. Yo no tengo hijos, mis hijos son mis cuadros, y el tiempo lo uso para que ellos crezcan y lleguen a lenguajes nuevos. La tolerancia es un tema que en Azalea va más allá de una preocupación personal. Convirtió la tolerancia en un material de trabajo dentro de su obra reciente, con la esperanza de que quienes vean sus pinturas comprendan que con ese solo sentimiento nuestro país sería unido, así como podría ser más unido el mundo. No me voy a enfrascar en que el Chamanismo es el proyecto más importante del planeta ¡No! El mundo no se construye sino con amor. Por eso pinté Paz en la Tierra, fue mi forma de decir ¡Necesitamos paz!, y la paz es amor «Amaos los unos a los otros como Yo os he amado», son tan poquitas palabras. ¿Qué complicado tiene eso?, es entender esas palabras, independientemente de tu religión, hay que reconocer las frases grandes. Yo te lo juro, cuando cometo un error me acerco y digo: «Perdóname si te ofendí». Yo hago eso. He llamado a personas y les he dicho: «Perdóname si te ofendí». Al menos hay que mandar ondas positivas y eso se refleja después en tu trabajo, porque estás haciendo algo con mensaje. Ese es mi Chamanismo, una obra que tiene un mensaje de paz y de amor; de pureza, porque hay que llegar a la pureza para poder hablar, para escuchar, para obrar. |
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Notas [1] En 1999 presentó la exposición Por el Mundo (Für Die Welt), Malerei. Museum Schloss Wilhelmsburg, Schmalkalden, Alemania. [2] GUEVARA, Roberto (2001) Azalea Quiñones. Armitano Editores, C.A. Primera Edición, 176 p. |