Carmen Hernández 

Directora de Artes Visuales - Fundación Celarg

Carolina Campos y la ciudad encontrada

“Hubo un antes de la marca territorial y habrá un después”

Elizabeth Jelin y Victoria Langland

 

Como parte del estímulo a la producción artística reflexiva sobre América Latina, la Sala RG presenta las exposiciones individuales –Carolina Campos. La ciudad encontrada y Macjob Parabavis -Contraportada- que a pesar de ser diferentes, se complementan entre sí por sus orientaciones reflexivas en torno a las transformaciones que experimentan los imaginarios urbanos en las ciudades latinoamericanas contemporáneas.

 

La trayectoria de Carolina Campos ha estado signada por el trabajo gráfico en papel y aunque ha incursionado activamente en el campo pictórico, es persistente en su mirada la búsqueda de las relaciones estructurales. De allí que su mirada encuentre en la fotografía una herramienta para estimular nuevos diálogos entre las formas, según se advierte en las imágenes que conforman la exposición La ciudad encontrada. La artista ha seleccionado un conjunto de registros visuales, algunos intervenidos, que apuntan hacia algunas de las preocupaciones simbólicas tramadas durante los últimos años alrededor del paisaje urbano y lo social, en especial sobre la noción de patrimonio como lugar de identificación, articulada a íconos muy sensibles al imaginario colectivo, entre los cuales se distingue la figura de María Lionza.

 

Las vicisitudes experimentadas por la representación clásica de la deidad femenina concebida por Alejandro Colina, ha detonando múltiples reflexiones que alertan sobre la dificultad de deslindar de manera objetiva los parámetros de valoración de lo cultural, porque ha sido uno de los pocos monumentos públicos afectado físicamente por motivos ajenos a la depradación material y a las prácticas devocionales.

 

La figura femenina “encajonada” en su armazón, que la protege y a la vez la oculta, deja al descubierto el ordenamiento espacial hegemónico que ha domesticado unos saberes por sobre otros –como los sentimientos colectivos más asociados a la oralidad-, dentro y fuera de la ciudad, visible en la organización física de los poderes urbanos, confrontando así en tensión permanente la ciudad letrada y la ciudad real[1]. María Lionza fue trasladada en 1973 a la autopista Francisco Fajardo, espacio poco apropiado para su conservación y disfrute de sus admiradores, y como una muerte anunciada, luego de algunas décadas, experimentó en su corporeidad los avatares de una decisión no compartida.

 

Así, a partir de María Lionza como centro imaginario de esta ciudad encontrada, Carolina Campos invita a recorrer otros íconos que identifican a Caracas, como la Torre Norte de Parque Central, que se nos presenta en diferentes momentos históricos: durante su proceso de construcción, y como víctima y testigo silente de los contradictorios deseos de modernización que no previeron su monumental permanencia. Y con este recorrido, Campos nos introduce reflexivamente en la experiencia patrimonial, que más allá de la condición de “lugar de memoria” determinado por una autoridad, involucra la idea de “lugar de enunciación” como el sentido otorgado por los sujetos sociales. La perspectiva crítica de Carolina Campos revisa el pasado pero a la vez apuesta al futuro cuando selecciona la figura mítica de María Lionza como el eje simbólico y amoroso de la ciudad encontrada.

 

La investigadora colombiana Martha López revisa la noción de patrimonio desde una perspectiva de género y advierte su asociación al poder patriarcal porque: “se refiere al poder del patriarca y a la autoridad de él emanada, la cual se materializa en bienes valorados como durables” [2]. Esta autora reclama la recuperación de una condición femenina capaz de corporizar las ideas y estimular experiencias afectivas más transversales, mientras se desconstruye la visión homogeneizadora tradicional que ha estimulado la exclusión al haber privilegiado unos valores por sobre otros. De manera similar, el trabajo de Carolina Campos reflexiona sobre los procesos de identificación que la ciudadanía comporta frente a la idea de “patrimonio” y por ello, invita a revisitar el espacio público desde una perspectiva más ajustada a los valores de la colectividad. Las imágenes intervenidas de La ciudad encontrada, como testigos de las transformaciones de la nación territorial y simbólica, se convierten en fragmentos de una memoria que reclama sus derechos a la inserción en un orden construido de manera compartida.


[1] Estas nociones acuñadas por Angel Rama actúan como metáforas de la microfísica del poder que regula la planificación institucional en las ciudades latinoamericanas: “Mientras que la ciudad letrada actúa  preferentemente en el campo de  las significaciones y aun las autonomiza en un sistema, la ciudad real trabaja más cómodamente en el campo de los significantes y aun los segrega en los encadenamientos lógico-gramaticales” Rama, Angel (1995): La ciudad letrada, Montevideo: Arca, Montevideo, p. 40. 

[2] Cfr. López, Martha (2002): “Patrimonio, memoria y devenir mujer”, en La ciudad: hábitat de diversidad y complejidad, Universidad Nacional de Colombia, 2ª edición, pp. 261.

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