Rachel Nahshon-Dotan

Tel-Aviv, 2004

Curadora del Janco Dada Museum, Israel

Dafna Talmor

Hablando a una habitación vacía

Una impresión en gris-blanco, brumosa, carente de gracia o calidad artística: la ecografía del feto en el útero de su madre, suele iniciar hoy día el álbum de fotografías del bebé. Documentación científica del primer encuentro frontal entre el niño por nacer y sus padres — el entorno cercano con el que se encontrará de inmediato al salir al mundo.

Ese encuentro primigenio de observación unidireccional provoca una erupción de sentimientos que se formula en términos estereotípicos de familiaridad, pertenencia y contacto. Todo signo, todo rasgo del cuerpo y de su movimiento reciben en la figura el significado de una proximidad, impuesta de hecho al feto que vive su vida prenatal aquí adentro, sin ser consciente de su exposición y de las reacciones emocionales que su contemplación provoca allá afuera.

La imagen plasmada en esta fotografía científico-familiar no devuelve la mirada: su campo visual está cercado por la invisible envoltura del útero, y el momento de su casual fijación forma parte del repertorio corriente de su comportamiento cotidiano en un ámbito cerrado. A pesar de que la figura fetal está totalmente concentrada, en cuerpo y alma, en un desarrollo dirigido a su salida al mundo — resulta evidente que ella no prevee o se prepara para el pasaje de aquí a allá, al hecho dramático de su futuro nacimiento. 

Hablando a una habitación vacía - el trabajo de Dafna Talmor, formula en todos sus detalles el diálogo emocional que se establece entre su propia imagen, retrato personal ubicado en un ámbito de privacidad aparentemente aislado, y la envoltura opaca que significa el claro y definido tabique que lo separa del mundo exterior.

La figura, la definición del espacio en que se halla ubicada y el estudio de sus sensaciones dentro del mismo están descriptos en una serie de fotografías en color, en un lenguaje que no tiene contacto, casi, con la fotografía científica, técnica, de la medicina obstétrica. El ámbito visible en los trabajos, las habitaciones que albergan a la figura, muestran un aspecto pulido, diseñado con elegancia en su estructura, la textura de los colores, los detalles y los materiales, y en la elección del sitio donde se ubica la figura, la relación y las distancias exactas entre ésta y su entorno.

Sin embargo también ella, como el feto documentado, se halla dentro de una envoltura que la encierra ante el mundo. Si bien la misma obstruye la visión y no permite un pasaje libre y continuo en ambas direcciones, no es impermeable, aunque nos lo parezca, a los estímulos provenientes de allí.  Por lo tanto, funciona como cuerpo conductor de señales e sugerencias que penetran en el espacio interior, captadas por la figura y diseñan sus reacciones.

En la fotografía Mar Muerto (2000, 40 x 50 cm), el tabique divisorio es el centro del acontecimiento. La ventana de vidrio opaco oculta el exterior a la figura que lo contempla y no le permite a ella ni a nosotros información alguna sobre las vistas que están detrás de ella. Su presencia es lo único que sugiere la existencia del paisaje en función del cual fue construido ese gran ventanal, justamente en ese lugar específico. El espacio mismo está vaciado de objetos particulares, es anónimo y carente de identidad personal — posiblemente un cuarto de hotel o un vestíbulo. La mesa de vidrio, el cenicero, el rótulo, los artefactos de iluminación y aire acondicionado refuerzan con reflejos blancos, opacos, la sensación del paisaje ausente. Lo externo queda oculto, chato, no formulado, y su opacidad permite a la figura y también al espectador ‘crear’ sobre él un sistema independiente de leyes visuales y técnicas, y proyectar sobre el blanco desconocido sensaciones más personales, ocultas y privadas.

En comparación, los elementos blandos de la fotografía —el sillón tapizado, el canapé, la caída de la tela de la vestimenta— crean el ámbito de lo cercano, ligado en su mayor parte al campo interior de la figura misma. Pero también ellos están distanciados entre sí, sus límites indicados con precisión no permiten la fusión entre ellos, y a la superficie ascienden una atmósfera de frialdad y un sentimiento de alienación. 

La escenificación controlada de los componentes de la fotografía sobre las superficies estilizadas permite formular sobre ellas contenidos y mensajes claros, gracias a los nexos entre la imagen y su entorno, y entre la imagen y ella misma. Las ideas están expuestas en un idioma visual esquemático, ‘formulístico’, aunque precisamente el esencialismo sistemático de la superficie destaca los contenidos emocionales, y la brecha entre el lenguaje fotográfico analítico y el foco emocional que se encuentra en el núcleo de la obra sacude al espectador cuando identifica en la figura y en todo lo que la rodea situaciones sin salida y sentimientos de temor y de pérdida.

La mirada dirigida hacia el paisaje invisible y no hacia la cámara, la posición tensa del cuerpo y la cara inclinada hacia atrás, no nos permiten examinar las expresiones de la figura. Sus reacciones ante lo que ocurre en forma visible, cercana y explícita, tanto como ante lo escamoteado a la vista, quedan ocultas y pueden ser percibidas como encierro, como gestos de concentración y abstención que encubren la vacilaciones, la dudas personales y los temores ante la incertidumbre que amenaza desde más allá de la realidad inmediata y perceptible que está frente a nosotros.

La interpretación emocional, que no se nos revela en la expresión del rostro, se basa por lo tanto en las posiciones adjudicadas al cuerpo, expuesto o cubierto, presente en toda la serie de trabajos. Las partes descubiertas están trazadas con líneas delicadas, ‘femeninas’, y ubicadas en su mayoría en los colores claros de la escala, cercanos al blanco brillante de los tabiques opacos. El cuerpo descubierto reacciona a los materiales de su entorno, a las texturas de las telas que lo cubren o lo rozan, y el uso de una iluminación suave y de sombras no contrastadas destaca su vulnerabilidad — quizás en un contexto de sutileza femenina, quizás significando la inocencia y la sensibilidad de la infancia. 

Al retrato de la artista en las fotografías se suman a veces otras figuras que no son ni anónimas ni casuales. Pertenecen al mundo de sus relaciones más cercanas y es posible atribuirles nombres propios, familiares y culturales. Pero tampoco están entrelazadas o en contacto ni se fusionan entre sí; de la escena están ausentes las expresiones de intimidad, calidez, alegría y amor, exigidas quizás por el contacto físico tan cercano entre ellas. En la fotografía con su madre Sin título (2003, 50 x 70 cm), las líneas individuales de los cuerpos de ambas figuras se fusionan y convierten en una mancha negra, de gran fuerza y significación, en el centro del cuadro. Los extremos visibles de los cuerpos llevan, por ende, todo el peso de la relación concreta entre ambas: arriba, en los brazos estrechamente enlazados, el poder de la madre supera y domina al de la hija, y también el costado del rostro identificable de la madre cubre el sugerido por detrás de la hija. Abajo, en la base de la fotografía, asoman los cuidados pies de ambas, pero mientras que el de la madre se apoya con firmeza en el centro mismo de la foto, los de la hija flotan hacia el costado, en dirección a la apertura de la derecha, como si quisieran, quizás, huir por ella hacia el exterior.

La cercanía forzada, carente de gestualidad, deja sin resolver y sin agotar la búsqueda de expresiones de los sentimientos y relaciones entre los personajes, y no es posible identificar marcas explícitas de alegría, enojo, nostalgia o dependencia, por lo que el esfuerzo se concentra en una busca detectivesca de signos emocionales en el conjunto de datos exteriores a las figuras en sí. Pero tampoco el espacio hogareño en que se inscriben, pese a evidenciar signos de elección personal, de buen gusto y de funcionalidad doméstica y cotidiana, aporta respuesta alguna.

La decisiva elección de fronteras que se pueden transgredir y el control frontal de sus componentes convierten este espacio en impersonal. El sofá cómodo-y-casi-sin-arrugas está posicionado como escenario y no como un mueble en el centro frontal y simétrico de la foto, los interruptores de electricidad marcan los extremos a derecha e izquierda y refuerzan la banalidad, los marcos sobre la pared posterior están cortados y los cuadros quedan sin revelarse, fuera del contorno de la foto. El interior expuesto a nuestra vista se presenta, de hecho, como paredes de una vivienda, casi como un ‘departamento modelo’, y no exhibe los signos de un hogar verdadero, de una morada protegida, conocida y segura. Ni aun los matices cálidos elegidos para describirlo alcanzan a suavizar la sensación de soledad, el silencio y el aislamiento que flotan sobre el espacio.

Cuando el interior se vacía de significado como hogar, refugio, desahogo cómodo de la intimidad personal, despierta el impulso de salir, de marcharse y abrirse camino hacia afuera. Pero el intento de salvarse mediante la salida no conduce por el momento a un largo viaje, a campos perfumados, al vagabundeo sin rumbo por laberintos urbanos o a la navegación infinita del mar y del cielo. Al no poder librarse del sostén en la idealización de la casa, el viaje se queda en busca sisifea, angustiosamente atrincherado en procura del hogar que no existe, de direcciones nuevas y desconocidas que llenen el vacío, la carencia y sus significaciones.

La fotografía de la serie If Only (2003, 60 x 80 cm), perpetúa la distancia entre el personaje y el dulce sueño de un afuera tentador. Más allá de la línea divisoria, allá a la distancia, hay signos promisorios de vegetación fresca, renovada y optimista. Pero también cuando, esta vez, la pared es parcialmente transparente y no opaca, la figura se introduce en la oscuridad del ‘muro’ que se halla delante de ella, se impide a sí misma la tentación del colorido onírico que se encuentra del otro lado, y apoya la cabeza en la esquina del sofá que la envuelve en los materiales aparentemente suaves del hogar. Su pie, en el extremo opuesto del cuadro, toca sin embargo la base del loro de madera que en el cuadro monta guardia sobre las puerta del allá, pero en realidad la distancia se mantiene y el pie no se le acerca, no toca y quizás ni siquiera es consciente de la posibilidad de volver realidad el sueño.

El hogar-puerto, punto de partida y también de llegada de todo viaje, permanece por ende anónimo y alienado y no proporciona definiciones ni respuestas. Tampoco la conciencia de la necesidad de separarse, de abandonar la tibieza que se volvió extraña, estimula a organizarse y a marcarse un objetivo, y la marcha desde … sin arribar a … impone a la figura una serie infinita de pasajes y despedidas.

La despedida, el pasaje de la pertenencia a la no-pertenencia, coloca pues a la figura, una y otra vez, en el umbral. Sobre la frontera exacta entre aquí y allá, entre presencia y ausencia.

La fotografía que muestra una sombra en una ventana Sin Título (2001, 70 x1 00), trata de las fronteras de la presencia y la existencia. La sombra esboza una figura, autorretrato callado y borroso sobre el alféizar, detrás de la cortina. No es posible saber si la figura se encuentra ya allá y su mirada se dirige hacia adentro, a través del tabique divisorio, hacia el pasado, o si se halla camino hacia afuera y ya divisa cosas que se nos ocultan a quienes nos quedamos de este lado.

Pese a la indefinición de las líneas, la figura es inequívocamente femenina. La postura del cuerpo reclinado no revela tensión o duda. Su peso responde a la ley de gravedad; estable en su sitio, no se difumina, no flota ni se hunde. El cuerpo, aun cuando lo ocultan la cortina y el vestido, manifiesta presencia.

El posicionamiento de la figura en el punto crítico del pasaje que obliga a opciones y decisiones existenciales, introduce el futuro dentro de la obra, y la alternativa dramática ante la que se encuentra la convierte de estática en dinámica, de pasiva en activa. 

El personaje, a diferencia del feto nonato, es siempre consciente de su fijación mediante la fotografía y también de las reacciones del entorno — se mira a sí mismo desde dentro y también desde fuera, al tiempo que permite que el entorno lo examine a él y a sus mensajes. Sus pensamientos, sentimientos, planes y sueños se proyectan sobre el conjunto de objetos que lo circundan, traducidos a un idioma visual con sus propias leyes. Han de ser, pues, descifrados mediante el conocimiento de las leyes sintácticas del tejido de relaciones entre el personaje y el conjunto que lo rodea: el posicionamiento del retrato junto a los bordes de las fotografías, los extremos de las habitaciones que lo albergan, el acento en el espacio vacío entre la figura y su entorno físico, la supresión de reacciones espontáneas y expresiones faciales, la ubicación forzada y el control sobre la escala de colores y sombras — todo ello crea en la serie de trabajos el idioma teórico que utiliza la artista para formular sentimientos, actitudes y etapas de desarrollo. El diccionario visual construido en la serie de trabajos permite, por lo tanto, definir el complejo conjunto de relaciones entre la figura, el espacio y la envoltura en todos sus significados, y elaborar planteos de contenidos y valores respecto de la identidad, la pertenencia, la cercanía, los límites, el tiempo y el espacio.

El momento elegido para la fotografía y su cuidadosa construcción no son casuales y no están tomados como una muestra documental de su repertorio personal de conductas cotidianas. Se trata de un momento de corte, aislado de la actividad y la rutina, aislado también de la interacción continua con el entorno físico, social y cultural en el que ella se desempeña.

El mundo conceptual creado por el estudio analítico de este momento “microscópico” permite crear ahora un paralelo entre espacio y objetos concretos y el interior anímico de la figura. El adentro, la casa material con todos su objetos, se convierte de este modo en metáfora: el punto de cambio, el momento de despedida de lo conocido y próximo, representa, de hecho, un pasaje en el desarrollo interior del personaje, de una etapa anterior a una etapa futura. De la infancia segura y protegida a los misterios de la adolescencia, de la juventud en agraz y su vacilante identidad personal a la inminente madurez de la mujer.

Tal como el feto que sale a nacer cuando está maduro y preparado para ello aun cuando no puede concebir qué lo aguarda allá afuera, también el personaje se está preparando para salir al mundo, a su nacimiento, a su crecimiento y madurez — y ‘empaca’ el total de su mundo, tanto sus temores como sus esperanzas, para llevárselo consigo.

El desarrollo interrumpido por el brusco pasaje del interior al exterior implica el dramatismo del inminente nacimiento, la embestida hacia el espacio del mundo, y el personaje, a diferencia del feto, lo sabe. La historia personal, los aprendizajes y las experiencias, no le permiten refugiarse como el feto en la inocencia, y no es posible evadir o evitar el necesario encuentro con la realidad, con la vida concreta que lo aguarda.

La congelación del ‘momento antes de’ en la serie de fotografías no es, pues, la descripción de una situación visual de la vida cotidiana dentro de la envoltura del útero. La descomposición de sus elementos aclara y expone los conceptos de interior y exterior en situaciones anímicas, formula con claridad reacciones emocionales ante los pasajes, los cambios y las crisis, y permite al espectador identificarlos y quizás identificarse con ellos.

No hay en los trabajos una mención explícita de lo que está ocurriendo afuera, no hay una toma de posición pesimista u optimista respecto del futuro que le espera al personaje allá, del otro lado del tabique divisorio. Pero el tratamiento en profundidad del significado total de la noción de hogar, el interior, permite al personaje y también al espectador enfrentar la pérdida de la intimidad y sobrevivir al encuentro con el vacío y la ajenidad.

El poder de indicar la base emocional existente, encontrarla y sostenerse en ella para esclarecer e interpretar abiertamente las vacilaciones y dificultades, proporciona al personaje las fuerzas y el valor que necesitará cuando llegue su hora de despedirse de la envoltura, cruzar del interior al exterior y concretar los viajes de sus sueños.

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