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Déplacé (Fr.): 1. Desplazado. 2. Fuera de lugar. Inoportuno. Cuando es difícil conseguir material y espiritualmente conseguir un lugar en la sociedad actual, una solución podría ser la de estar siempre en desplazamiento, siempre ailleurs –en otro lugar. Fuera de lugar, primero porque el lugar propio no existe; luego, porque la impertinencia y el despropósito serían los medios para inventar un nuevo espacio de existencia y de significación. Ahora que la identidad se vuelve cada día más múltiple, sea esta sicológica, cultural, nacional o étnica, el Sí siempre tiende hacia el Otro. Una manera de negociar esta sensación de inestabilidad reside en el desplazamiento de la identidad única hacia una desviación constante; en la aceptación de estar siempre desplazado. Este fuera de propósito, fuera de sí, fuera del mundo como unidad homogénea –el lugar, el sitio– ofrece una multitud de vías de reflexión y cuestionamiento, revela una extraordinaria capacidad de la naturaleza humana para la adaptación a través de un recorrido curioso, el de la apertura hacia el Otro en oposición al encerramiento sobre sí en una unidad inmutable. La palabra en sí es un desplazamiento, como traducción, materialización simbólica de un pensamiento, siempre con sentido propio pero pudiendo tener otro. La expresión artística sería en este sentido la última fase de la palabra fuera de lugar; una expresión completa, pensada y legible, pero siempre propensa a otras recepciones, interpretaciones y reinterpretaciones. Así, la invitación a artistas para ocupar no el lugar, sino el fuera de lugar, se vuelve una invitación a todos los desplazamientos simbólicos o materiales, críticos o provocadores, alegóricos o irónicos. Estas visiones artísticas desplazan y modifican la mirada que solemos llevar hacia estos lugares, estos temas, estas vistas. Estas obras funcionan como una base común que permite relacionar diferentes lugares. Demuestran una cierta banalidad –una banalidad documental– que se vuelve un acontecimiento, el cual tiene ciertamente su contexto geográfico, pero que ofrece a través de su banalidad algo más para ver, algo casi universal. Los artistas que hoy en día realizan viajes o desplazamientos fuera de su lugar de origen, no se encuentran con la misma intensidad de cambio que en el pasado. El exotismo, cuando se trabaja en profundidad, deja de ser la regla reveladora. Como en aquellos relatos de viajes a través de espacios inalcanzables, con sacrificios enormes, cuasi dejando la vida en estos periplos. Vivimos en un mundo con un sistema de comunicaciones muy veloz, muy avanzado. Por supuesto, vemos con alegría este estado de desarrollo de las comunicaciones. Esta facilidad de comunicación, si es mal utilizada o mal estimada, nos puede generar una falsa idea de lo que percibimos rápidamente, obligándonos a generar nuevas interrogantes sobre lo que vemos, lo que tocamos, lo que escuchamos. ¿Cabe preguntarnos si cuando visitamos físicamente un lugar ajeno –un más allá de– podemos aventurarnos a decir que lo conocemos? Los artistas generan obras que no pretenden producir una respuesta, pero sí abrir un debate que a mi parecer es necesario en la construcción del sí y del otro. Los artistas sienten el deseo de emprender nuevas vías, de acrecentar sus experiencias. Todo esto por un sentimiento natural de claustrofobia, de encierro; una búsqueda fuera del lugar permite renovar el espíritu. No se trata aquí de expediciones. Las nuevas tecnologías nos dan la posibilidad de ver al otro en un segundo. No se trata de volver a un romanticismo pasado, sino más bien de acercarnos a un verdadero cotidiano, de aproximarnos por nuestras propias experiencias al otro y construir de esta forma una verdadera poética de la vida, sin tantos prejuicios, sin tanto exotismo. |
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