Dr. Beltrán Lares

Una mirada al nacimiento...

Febrero de 2008

Tomar fotografías es para mí un acto de expresión personal e individual. Es juego y deporte, es compromiso y pasión, es una forma de hablar, de pensar, de guardar silencio o gritar. Es ejercicio profesional y compromiso social. Es trivialidad y es cultura. Y sobre todo está impregnado del sujeto y del objeto, de la sombra y de la luz, lo físico y lo emocional…

Recuerdo descubrir asombrado y alegre, el impacto de una realidad dolorosa, cruda y a veces trágica, transformada en la belleza de los juegos de luz de la morgue o de la sala de partos, en la sonrisa extática de la recién parida o del hilo carmesí entre los muslos enlutados de la reciente pérdida reproductiva. Insólita me pareció la reacción de mis colegas ante lo cotidiano de nuestra sala de partos, al verla congelada en blanco y negro o a color, sin reconocerse a sí mismos dentro de la fotografía.

La vía de la fotografía “documental” es en mi caso, la distracción necesaria para alejarme un poco y ver desde afuera (en esa época inconsciente de ello), como los rituales establecidos por el paradigma médico de la atención del nacimiento trabajan para mantener el sistema de creencias y el núcleo de valores de la sociedad tecnocrática. En esa sociedad la mujer que pare no es la protagonista, ella es convenientemente degradada por la supremacía de la ciencia sobre la naturaleza y de lo masculino sobre lo femenino. Y no solo a ella la “trabajan” en esta transformación. Todos lo padecemos sin darnos cuenta, hasta ver en una imagen la coraza y su máscara: de estudiante a doctor, de aprendiz a experto, de mujer a madre…

Veo años después esa transformación en los autorretratos que muestran mi cara ojerosa de residente de primer año, eternamente cansado y abrumado con tanto que aprender; mi cara de conocedor casi experto y estirado de residente de segundo año y finalmente, la facies arrogante y la pose encorbatada del residente de tercer año a punto de graduarse de obstetra.

Puedo reconocer también como exudan del centro de mi ser, como una velada forma de terapia individual, las sombras y los fantasmas de la lujuria, la rabia y la tristeza; el cinismo y la crueldad de disimular a través de la “estética” de la foto, el morbo de plasmar lo insólito y asqueroso,  el asco de encontrar placer en la indiferencia ante el dolor, el maltrato, la malformación, la descomposición y la muerte, indiferente en la cómoda posición del que mira sin sentir ni hacer nada…

Para tomar fotos de la guerra, como corresponsal y enmarcado en la fotografía documental, hay que tener un poco de morbo. De sensibilidad y de insensibilidad para poder estar allí frente a la muerte y atreverse a tomarle una foto e inclusive a esperar que baje el sol para mejorar la estética de la imagen. Nuestros hospitales, están en guerra permanente, y la descubro en pequeños soldaditos que yacen en formación en la morgue, acostados en una camilla oxidada, después de haber perdido su batalla vital contra la prematurez, la malformación o la hipoxia perinatal severa. Inmóviles posan dignamente y en silencio, hasta que logro la iluminación y el encuadre adecuado.

Este trabajo fotográfico se facilita al colocarme poco a poco en una situación invisible y poderosa. Invisible al hacer habitual en mi cuerpo, como un apéndice propio de un cyborg, una cámara sin flash, usando película en blanco y negro, ASA 400 forzada a 1600, una foto que se toma pero que no se ve; un sonido del disparador que se hace tan común como pestañear. Poderosa la fuerza de la posición elevada en el pedestal que el uniforme, la postura, la expresión científica y de autoridad del que lleva los galones de “doctor” sobre todos los profanos que le rodean, incluyendo a los colegas de “menor rango”. Por otro lado, la paciente puede sentir el dolor abdominal más grande, pero seguro aguanta la respiración para la foto “científica” tanto como la vida le permita, antes de desfallecer.

Lo que mi ojo de fotógrafo amateur ve, no es sólo la escena adecuada para disparar, son los fantasmas, mis fantasmas y sombras que una vez más usan mi dedo, aprietan el botón y la cortina se corre.  

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