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Acción Corporal Gustavo Mérida y Daniel Pradilla, El prójimo y yo. Poemas leídos |
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Esta historia tiene tantas ramificaciones que apenas podemos cubrirlas todas dice el reportero frotándose las manos tratando de contener su saliva. |
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La maquinaria entra en servicio
para vender una carnicería en trocitos convertir el luto en obligación. Empieza la persecución de los inconmovidos indolentes traidores a la humanidad aprenderán a sentir lástima por un genocida o serán reducidos a polvo por la unidimensionalidad del terrorismo de estado. Quien no se pliegue al dolor será perseguido, colonizado, brutalizado justo merecedor de desastres naturales que los acrónimos de tres letras reseñarán en treinta y cinco segundos con sólo una repetición. Daniel Pradilla TRAGEDIA La desnudez aterra porque la madrugada acecha y el sueño no es reparador y no hay ninguna revelación en medio de todo ese ruido. Alguien tiene que contar a los muertos uno por uno, todos tienen algo para contar o descontar Los periodistas escriben para el Pulitzer y hasta logran una que otra lágrima de algún lector desprevenido a todos los kilómetros de distancia. Turismo a destiempo tiempo sin esperanzas preguntas obligadas historias enmudecidas de lejana seguridad ignorancia vital hambrienta estruendosamente cercana. Gustavo Mérida Muy sencillo señor presidente hemos descubierto que las explosiones y el peso de los muertos incrementan la energía potencial que mantiene a la tierra girando. Como verá, la nuestra es una labor social. Daniel Pradilla Está la duda del cielo. La circunstancia del amor. Está la dificultad de la coherencia. La nostalgia de la muerte. Están bombas y comidas, listas para llevar. Lo disperso de la palabra, lo inútil de lo entreabrir la similitud de la ignorancia de interior apacible la inevitable suspicacia del otro lado del espejo los lugares comunes a destiempo el imprescindible soliloquio la multitud repetida y dispersa en todos nosotros lo atroz que se atraganta lo definitivo que nos roza el sudor añejo que refresca a través de los barrotes de otros la necesidad suicida de aire lo contundente del desperdicio la sonrisa desde la cama la cama ordenada o en perfecta revuelta de sucesos el temor al terror dentro del patio, dentro del país o del planeta el mirar y cerrar los ojos y seguir mirando trozos de humanidad desperdigada en tantas cuencas de nombres irresolutos y todo eso, y menos, y más. La duda. La circunstancia. El final. Gustavo Mérida pedirle a un militar y a un guerrillero que depongan sus armas y negocien es arrebatarle juguetes a un niño y obligarlo a usar la imaginación Daniel Pradilla Un error de 500 años sin conciencia, sin saliva. Dos detalles salvan la profundidad. En cada fantasma de reojo surge entonces, metódico el suspiro verbal desde la punta de cualquier escenario y se derraman lágrimas y sonrisas y todos los fluidos antagónicos. Una pausa, quizás un destierro un sofoco de auxilio, una miga de pan, un vacío estrepitoso. La sombra en lentitud la vacación en desconsuelo la presa confusa, el niño podrido la chimenea absurda los brazos cruzados, en catarsis. Mírense. Gustavo Mérida Te escribo desde una trinchera tendido al lado de una bala ennegrecida por la sangre y el sol. Desde mi observatorio en esta lluvia de balas y gritos veo como te alzas impávida vertiginosa haciéndome minúsculo. Serranía de mirada altiva, tú lo has visto todo, tú eres inamovible, tú estas allí contemplando. Quisiera susurrarte amor y trazar mis pasos por donde ningún humano lo ha hecho antes. Daniel Pradilla PAÍS
Hace frío y no hay café ni cobijas ni miradas temor íntimo apurado y apretujado entre la desmemoria del orgullo y todo lo demás. Vaivenes de la vida te dan ganas de bajarte con el espíritu revuelto, pero puede que te suden las manos que saliva ajena te atraiga que lo retorcido no te impregne de amargura y emerjas con la piel adolorida y la esperanza intacta. Gustavo Mérida El Prójimo y yo En el principio, era la necesidad de fortalecer los sistemas. De fomentar el desarrollo experimental, de suspender las garantías, de joder al prójimo. Sugerían entonces, en disímiles omoplatos circunstanciales, el advenimiento de una doctrina que reemplazara el discurso peyorativo, la necesidad apremiante de joder al prójimo. Luego, existo. Existimos. El prójimo y yo, y nosotros en consecuencia. Y los profetas profesionales, y las putas, y los pedantes y los prófugos y pendejos. Todos, pues. La humanidad entornada, con sus vaginas y sandeces, y sus virtudes palaciegas. Claro, a todas estas, la música se coló en forma de sanguijuela, exactamente como la están oyendo. Exactamente cómo piensas tú. ¿Quién eres? ¿Cómo te atreviste a venir? ¿Crees que aquí estás a salvo de las bombas, del animalito ese que viene en sobre de correo, de algún talibán advenedizo? ¿Tienes xenofobia en el papel tualé? Oye esta música. Ustedes no se imaginan porqué él está aquí. Oye la música, amigo viajero. Y no nos digas nada. Deja que la muchedumbre se apoltrone en cada existencia de miseria contenida. Permite que te vetemos el rostro. Juzga hacer lo que creas necesario por un par de segundos, y luego mírate en un espejo, cualquiera. ¿Me presta uno, amable dama? Prometo devolverlo intacto, o en su defecto pagarle puntualmente las cuotas llenas de sacrificio tercermundista. ¿Acepta tarjeta de crédito? Este espejo no sirve. No hay nada detrás. Gracias, aprecio su confianza. ¿Me regala cinco mil bolos, para el pasaje pa’ Santa Teresa? Es que tengo a mi hermana, a mi hija, digo, a mi tía enferma. A veces, provoca mandar todo a la mierda. Atraviesas iglesias arrogantes y mezquitas definitivas, cruzas por un charco maloliente con un hueco en la suela del zapato, corres atraído por una multitud desagradecida, detienes un autobús que ignora el uniforme escolar de primaria indispensable o de secundaria adormecida, justificas al buhonero y pides fiado sin remordimientos. Provoca mandarlo todo, con ese poder ajeno, que permite jonrones solitarios y terremotos insólitos. La culpa. Mírense sin mirarse, como todos los días. Olviden las goteras, la poceta tapada, los orines del perro, los platos sucios, la nevera vacía, el chamito y su bolsa de pega. Junten sus espaldas, si pueden. Aceleren el rosario encopetado, la demagogia de última moda, encarámense un morral vacío, a la medida de sus posibilidades. Junten sus manos, si pueden. Recen un padrenuestro dubitativo. No vale llorar. Amigo, es hora de irnos. Aquí nadie sabe qué hacer. Y menos cómo hacerlo. Vamos a tratar de desear paz, pero en otro planeta. ¿Crees qué sea tarde?. ¿Crees qué valga la pena? Gustavo Mérida |
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