Benedito Costa Neto

Teórico del arte

El lugar de cada uno

Es sumamente común encontrar quien diga que la fotografía aprisiona, congela. Podemos pensar que libera, santificando una imagen, recortándo-la del caos y elevándo-la a una nueva categoría (con un nimbo propio que la ilumina y le da el derecho de verbalizar su posición). Tal vez la fotografía extraiga de las cosas del mundo justamente cosas, las cuales son transportadas a un limbo, a un territorio de noche y días eternos, sin la memoria de la oscuridad o de la luz. 

Puede ser que la fotografía actúe doblemente en un complejo juego de juicios, a veces opaco, pero nunca sin sentido. Al mismo tiempo, ella aprisiona y aparta los peligros del mundo (lo que ya de por sí resulta ambiguo) y nos hace pensar sobre las miles de cosas para las cuales miramos y que son dejadas atrás, sin registro, sin discusión, sin dolor o piedad. 

En cuanto a la investigación de estos tres fotógrafos, tenemos aproximaciones y distanciamientos. El trabajo y la investigación en conjunto no nos deben engañar. En primer lugar, el enlace ficticio que los une es lo que he llamando pos-soledad. Ya no se trata de la soledad moderna, tan discutida en la literatura y en el medio académico. Estamos en presencia de un vacío diferente, denso, repleto. Es el mundo de la exageración, de la multiplicidad, o de la esperanza humana para un mundo así, al mismo tiempo en que la pluralidad y el acceso sin restricciones están relegados a un discurso bello, pero de efecto fallido. El descrédito que se ve en diferentes formas discursivas (cine, literatura, teatro, artes plásticas) sin embargo, no es más iconoclasta o reivindicativo. Es silencioso, perdió la valentía, es melancólico, humildemente triste. Entonces, nos vigilan las diferencias, pírricas y asombradas. 

Felipe Prando recorta objetos, caminando por el territorio de lo que habrá sido, que no es hueco. Su investigación pasa por el problema de la memoria y de cómo la mano humana dejó sus registros. Sus fotografías son como las transferencias de aquellas imágenes de manos que los hombres primitivos dejaron impresas en grutas oscuras, al lado de guerreros y bisontes, para el mundo contemporáneo. Se trata de un susurro lacerante. Serían escombros si no viéramos en ellos los secretos revelados por la arqueología. 

Creo que Milla Jung por su parte pasea por el campo de lo que está siendo. Tenemos aquí un universo móvil de densidades, de narrativas enigmáticas, pero puras. Porque mucho más allá de un cambio entre claro y oscuro, produce unos hiatos, persiguiendo el sentido oculto de la transubstanciación profana y de la fantasmagoría, que ocurre en la luz plena del día.  

En la búsqueda de Anuschka Reichmann Lemos hay un deambular por la noche, una noche de terror y sorpresa, pero calma y solitaria. Hay en ese paseo el encuentro con el lado más negro de la oscuridad, que es el encuentro consigo mismo, dejando la incógnita: contemplación, descubrimiento o abismo. Ella también nos trae la sencillez refinada de la pregunta: eso que no queremos o no podemos ver, ¿existe? 

Si hay dolor o regocijo confidencial en estas imágenes, nunca lo sabremos. Pero, en los tres, en el interior de la anotación de cada uno, somos invitados a considerar el secreto del prefijo "re-", que remite en un solo tiempo al retorno y la repetición: reorganización, reorientación, revitalización. 

El lugar de cada uno: ¿cuándo podemos pisar fuera del círculo?

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