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Gabriel Pilonieta Blanco Newark, Delaware, enero, 2007 |
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A propósito de esta exposición |
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Rebuscando en la memoria retazos de una experiencia, he encontrado algunos hilos de los cuales halar para contarles una historia no muy lejana temporalmente que tiene lugar en Chiguará, un pueblo merideño encaramado en las montañas que dan hacia el lago de Maracaibo, y que me llevó a entender mi propio espacio de una manera diferente.
Por esos años –hablo de comienzos de los noventa–, yo estaba completamente enfrascado en el estudio de la historia de la fotografía en Mérida, ya que ese, y no otro, era mi sueño. Quiso el destino, la buena suerte o Dios mismo, que una persona muy especial se acercara a la buena amiga Duilia Santana a preguntar por ayuda para hacer una exposición fotográfica en Chiguará con las imágenes conservadas por los vecinos del propio pueblo. Casualidad era que ambas llevaran el mismo apellido y ni familia fueran: ella se llama Dora Santana, y es una mujer empeñosa que logra lo que se propone. Por mediación de Duilia, Dora Santana se puso en contacto conmigo con la idea de organizar la exposición referida a fin de presentarla durante las fiestas patronales de San Antonio de Padua a celebrarse ese año de 1993.
Con el paso de los días, fueron tantas las imágenes que aparecieron por todos lados que el trabajo de recopilación parecía no tener fin. Fotografías de antiguos lugareños, realizadas por fotógrafos ambulantes o en modestos estudios –iluminadas a mano y montadas sobre marcos brillantes de madera barata–, que nunca habían salido de las casas de sus familiares, fueron exhibidas por primera vez públicamente en la sede de los Productores Asociados de Café Compañía Anónima (PACCA) de Chiguará, en una muestra que se tituló Chiguará ayer y hoy. Entre ellas se mostraron imágenes de un chiguarero ya fallecido, José de Jesús Dávila Balza, quien no había sido otro que el padre de Aldo Dávila, esposo de Dora.
Sucede que en la misma familia Dávila se guardaba un valioso archivo de negativos producidos por este hombre curioso, amante de la modernidad. De José de Jesús se conservaba además una interesante colección de recortes de información muy diversa, y bastaba ver las revistas que amontonara en su biblioteca personal para entender cuánto le habían fascinado las innovaciones: una de ellas, la fotografía. Pocos días después de cerrarse la exposición en Chiguará se presentó un resumen de ella en la Galería Fotografía Mandril, que por entonces funcionaba en la Biblioteca Bolivariana de Mérida. Allí se exhibieron por primera vez cámaras y accesorios fotográficos que habían pertenecido a José de Jesús Dávila Balza.
Éste, según puede constatarse en su material fotográfico, fue solo un aficionado; pero, en verdad, dotado de un ojo extraordinario. Además, el hecho de que sea su archivo lo que se haya conservado en Chiguará como un conjunto visual apreciable de otros tiempos, hace de su legado fotográfico una imagen única de esta población y sus habitantes. De alguna manera Dávila me recuerda a otro curioso merideño, el maestro agrimensor Emilio Maldonado, metereólogo oficial del estado Mérida desde 1913 a 1929, quien llegó a preparar sus propios papeles fotográficos y también era un aficionado a la producción de seda y observador de las estrellas. Las pocas pruebas que se conservan de los ensayos fotográficos de Maldonado se encuentran hoy, hasta donde yo sé, en la colección del Dr. Pedro Guerra Fonseca, ahora propiedad de su descendencia.
La posibilidad de hacer y reproducir sus fotografías con aparatos portátiles debió de haber atrapado a José de Jesús, quien se convirtió en registrador visual de su pueblo quizás sin proponérselo. En ocasiones, dudé incluso de que él hubiese podido positivar los negativos que produjo, pero al menos –y en cuanto a lo que a nosotros concierne como historiadores– esos negativos llegaron hasta el presente en buen estado.
Esto permitió que otros especialistas, como es el caso de María Teresa Boulton, incluyeran parte de este acervo en exposiciones tales como El retrato en la fotografía venezolana, pre-inaugurada en la Galería de Arte Nacional con motivo de la celebración del Encuentro de Fotografía Latinoamericana, Caracas, 1993, en noviembre de ese año, y que en 1995 se publicara un artículo de mi autoría titulado “José de Jesús Dávila Balza, fotógrafo chiguarero”, en el n° 4 de la revista ExtraCámara, correspondiente a julio-septiembre. Si mal no recuerdo, el “proyecto Chiguará” nos llevó a realizar una muestra final sobre la Chiguará contemporánea, para la que retratamos a una serie de personajes de la comunidad, siempre bajo la guía fiel de Dora Santana, y que fue exhibida en 1998 en una casa restaurada por Aldo Dávila en el pueblo.
Tuve por entonces la suerte –en 1997– de asistir a un curso de restauración y conservación fotográfica en el mejor centro de su tipo en América del Sur, el Centro de Conservación y Preservación Fotográfica de Río de Janeiro, en donde estuve durante cuarenta y cinco días aprendiendo las técnicas que me permitirían trabajar más profesionalmente las colecciones con las que estaba en contacto. Así, la segunda etapa de mi trabajo con la colección de fotografías de José de Jesús Dávila Balza tuvo que ver con su conservación, ya que nos abocamos a limpiar cada negativo con las sustancias adecuadas, a fin de estabilizarlos y garantizar su preservación. Hicimos fichas e imprimimos los negativos por contacto ya que su tamaño permitía una buena calidad de copia. Se hizo un trabajo de catalogación hasta donde fue posible y se encapsularon los negativos originales en material plástico adecuado para su conservación. Luego de estas acciones, otras obligaciones nos distanciaron de este acervo fotográfico, hacia el cual tenemos una particular estimación.
Ahora que se realiza la primera exposición individual del trabajo de Dávila Balza, sólo deseamos que ésta abra el camino para la creación de un Centro de Conservación y Preservación Fotográfica en el Estado Mérida, de imperiosa necesidad, y por el cual venimos abogando desde hace casi dos décadas. Archivos como éste –no son pocos– podrían desaparecer para siempre, bien por desidia o bien por intereses comerciales de nuevos coleccionistas que andan a la caza de piezas valiosas para engrosar colecciones privadas a las que nadie tiene acceso. |
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