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José Antonio Navarrete Curador de la exposición Mérida, febrero, 2007 |
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En el espacio de la modernización fotográfica |
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José
de Jesús Dávila Balza (San Juan de Lagunillas, Mérida, 1888-Chiguará,
Mérida, 1974) practicó la fotografía desde los años veinte hasta los
cincuenta del siglo pasado, aproximadamente, en calidad de aficionado,
en el pequeño pueblo andino de Chiguará. Al parecer, aprendió a
fotografiar al alborear los primeros, pues a ellos remiten las imágenes
más antiguas localizables en el reducido archivo de negativos que le
sobreviviera. Es casi seguro, además, que se entrenó como fotógrafo
por su propia cuenta, quizás sirviéndose de un manual difundido por la
Kodak, dado el grado aceptable de destrezas técnicas que desde temprano
llegó a alcanzar, aunque no exento de alguna que otra torpeza. Puede
anotarse, además, a favor de su espíritu de experimentación fotográfica,
que revelaba sus negativos y montó un cuarto oscuro en su vivienda para
hacer sus impresiones. El
conjunto de sus negativos es tan reducido que induce a pensar que usaba
la cámara sólo de forma esporádica, con largos intervalos de
inactividad. También, que lo hizo con un gran sentido de economía,
pues muy raramente se repite en su acervo un mismo motivo. De todos
modos, en la actualidad existen en manos de familiares y antiguos
vecinos suyos algunas –pocas– impresiones de época de su autoría,
no todas coincidentes con los negativos que se conservan. Lo último
despierta dudas, por un lado, respecto a cuántos de los últimos
alcanzaron en su origen a ser impresos, y, por otro, acerca del volumen
real de su producción fotográfica, por más delgada que ésta pudiese
haber sido. Su
archivo incluye un número considerable de negativos de película de
rollo marca Kodak número 116, que se fabricó entre 1899 y 1984, con
tamaño de 21/2 x 41/4
pulgadas cada uno –nominalmente de 6,5 x 11 cm–, de los cuales
aquellos cuyos referentes han podido ser identificados tienen como
escenario a Chiguará y sus alrededores[1].
Todos los que hemos logrado fechar, aunque sea de manera aproximada,
fueron realizados de los años veinte a los cuarenta. Se conservan también,
junto a éstos, negativos de otras medidas que pueden ser en su mayoría
de fechas posteriores a los citados antes, lo cual nos permite suponer
que Dávila Balza fotografió a lo largo de su vida con varias cámaras
cuyo origen y pertenencia desconocemos. En los primeros que comentamos
abundan los retratos de personas que formaban parte del círculo de
familiares y amigos de Dávila Balza y, en especial, su extensa
descendencia, pero también hay de otros habitantes del poblado; en
cambio, los realizados en formatos variados son casi todos retratos de
la familia del fotógrafo y remiten, principalmente, tanto a Chiguará
como a distintos lugares del occidente del país por donde ésta se
esparciera a partir de los años cuarenta. Hemos
reunido aquí una selección de fotografías de lo que convencionalmente
hemos denominado la “primera etapa” del trabajo del fotógrafo,
conformada por parte de los negativos de película Kodak número 116
–a nuestro juicio la más interesante por la diversidad que la
caracteriza dentro de su coherencia–, y colocado el acento donde mismo
lo pusiera éste: en los retratos. Todas las impresiones fotográficas
fueron hechas recientemente para la presente exposición a partir de los
negativos originales. II Desde
Huayaca, Perú, el 2 de agosto de 1802 Alejandro de Humboldt (1769-1859)
escribía a su amigo caraqueño Don Domingo de Tovar y Ponte una carta
en la que –comentando su estancia de finales del año anterior en la
neogranadina ciudad de Popayán, donde fue hospedado en una casa
perteneciente al eminente naturalista José Celestino Mutis (1732-1808)
a instancias de este último– hacía alusión una vez más a los
instrumentos científicos (de medición, observación, etc.), que tanto
lugar ocupan en la correspondencia relativa a su viaje de investigación
por la América hispánica de 1799-1804. Decía Humboldt: (...)
¿Quién percibía que la civilización americana está tan adelantada,
que en la última Tule, Popayán, hemos visto más instrumentos y
encontrado más conocimientos, que en La Habana? ¡Que en Popayán hay
cuadrantes y un D. Caldas que observa los satélites de Júpiter![2] Este
vínculo entre adelanto civilizador y posesión de instrumentos científicos
que establece Humboldt en su misiva puede relacionarse con la mentalidad
racionalista que, desde comienzos del siglo XVI, inicia su avance en
Europa y se consolida en el XVIII con la Ilustración, período en el
que transcurre, según Marshall Berman, la primera fase de la historia
de la modernidad[3].
De todas maneras, Humboldt articula la orientación y sentido de las
investigaciones científicas de esta fase –obsesionada por el dato y
la descripción rigurosos– con las del siglo XIX, definitivamente
puestas al servicio de la industrialización capitalista y del
denominado progreso económico y social. Es
en esta segunda fase de la historia de la modernidad cuando los términos
de modernidad, modernización y modernismo, vinculados al de moderno,
forman un repertorio lingüístico[4]
que constata la emergencia de un nuevo tipo de sensibilidad que, aunque
refiere al proyecto cultural formulado en el siglo XVIII por los filósofos
de la Ilustración –que pretendía “desarrollar una ciencia
objetiva, una moralidad y leyes universales y un arte autónomo acorde
con su lógica interna”, para decirlo al modo de Habermas[5]–,
alcanza cualquier esfera de la actividad humana, incluyendo la economía
y la política; admite propuestas variadas en el pensamiento y la práctica,
con frecuencia antagónicas unas respecto de las otras –de Marx a
Nietzsche, de Baudelaire a Rimbaud–, y la adhesión “fragmentaria”
a sus propósitos por parte de los individuos. Con sus ambivalencias y
ambigüedades, la sensibilidad moderna se desarrolla a relativa
distancia del proyecto de modernidad que le sirvió de premisa. Su
internacionalización definitiva por todo el orbe en el siglo XX
reforzaría esta característica suya. El
caso de Dávila Balza ilustra bien cómo durante las primeras décadas
del siglo XX se podía ser exponente de esta sensibilidad en un pequeñísimo
pueblo andino de Venezuela. Hombre de escasa formación escolar, pero
decidido autodidacta, con un espíritu abierto a las innovaciones y
particularmente interesado en las invenciones tecnológicas de su
tiempo, Dávila Balza fue “un moderno”, confiado en el progreso, que
actuó a la manera en que se lo permitieron sus limitadas posibilidades
económicas y culturales y el ámbito estrecho en que se desenvolvió. La
prensa diaria constituyó un reservorio de formación cultural para él,
así como las revistas populares con información técnica y los
manuales de uso, además de los libros. Dávila Balza debió la
satisfacción de su curiosidad intelectual, en grado considerable, a los
modos de divulgación y popularización del saber que la industria
cultural de su tiempo desplegaba a través de los medios impresos de
circulación periódica. Entre
las múltiples iniciativas novedosas que Dávila Balza impulsó, en
evidencia de su energía creativa y permanente curiosidad, se destacan
la práctica de la fotografía y la investigación de la radio. El
proceso completo de producción de la fotografía lo desarrolló como
aficionado durante varias décadas, como se señaló de inicio. En un
libro de apuntes en el que desde muy joven registraba escuetamente los
hechos más notorios de su vida y la de su familia, él mismo se
encargaría de anotar que fue el 28 de diciembre de 1938 el día en que
escuchó por primera vez, en un aparato de radio que antes construyera,
transmisiones de Caracas, Colombia y los Estados Unidos. Ambas
–la fotografía y la radio– eran durante los años veinte y treinta
del siglo pasado, a escala internacional, aficiones modernas, de
actualidad. Y todo esto sucedía, para parafrasear a Humboldt, en la última
Tule, Chiguará.
III La
práctica fotográfica de Dávila Balza se inicia y desenvuelve a
distancia de las discusiones que sobre el arte de la fotografía se
desarrollaban en la época entre modernos y pictorialistas en los
grandes centros urbanos de Occidente, cuyos ecos al parecer tampoco le
llegaron. Asimismo, sin contactos con las propuestas renovadoras que por
entonces despuntaban en la fotografía de Venezuela, cuya inaugural
manifestación vanguardista fue la obra de Alfredo Boulton (1908-1995)
que emerge en los años veinte y se difunde en la siguiente. No
obstante, el cuerpo de trabajo de Dávila Balza presenta saldos que podríamos
considerar representativos del potencial estético vinculado a la
exploración de la técnica fotográfica directa, una ambición del
modernismo fotográfico internacional que él adhiere desde su modesta
condición de aficionado agudo y perceptivo. No
puede perderse la perspectiva analítica de que Dávila Balza fue sólo
un aficionado a la fotografía que para realizar todas las imágenes
reunidas en esta muestra utilizaba una cámara Kodak no profesional, la
cual tenía limitaciones técnicas comparativas con las cámaras
profesionales coetáneas. Asimismo, de que aprendió a fotografiar
siguiendo los pasos de una técnica sencilla orientada a que el
aficionado pudiera construir un álbum de imágenes directas y precisas
de hechos cotidianos, y adquirió el bagaje técnico indispensable para
este fin, aunque su interés por el proceso de producción fotográfica
en general lo condujo hasta el laboratorio. Y no debe perderse esa
perspectiva analítica –digo–, principalmente porque desde ella se
pueden elaborar los argumentos más productivos para la mejor comprensión
de las características y logros de su cuerpo de trabajo. Al
mismo tiempo que hacia finales de los años veinte Dávila Balza hacía
sus fotografías, se celebraba en Stuttgart, Alemania, la exposición Film
und Foto, una muestra gigantesca organizada por la Deutsche Werkbund,
organización alemana muy activa en la promoción de la arquitectura
moderna y el diseño industrial. Inaugurada el 18 de mayo de 1929, la
muestra se extendió hasta el 7 de julio, y su objetivo principal fue
ilustrar las tendencias más recientes de la fotografía y el cine en
los diez últimos años, de ahí que junto a la exhibición propiamente
fotográfica se celebrara un festival de cine, en el que se incluyeron títulos
hoy clásicos de realizadores tales como Wiene, Rutmann, Pudovkin,
Eisenstein, Vertov, Dreyer, Pabst, Ray, Léger y Chaplin, entre otros.
Una versión itinerante de la exposición viajó después a Berlín,
Munich, Viena, Zagreb, Basilea y Zurich, y todavía más reducida, en
1931, a Tokyo y Osaka. Gustav
Stotz, máximo responsable de la idea y organización del proyecto,
designó un comité de selección a quien se le encargó además el
concepto gráfico de los documentos impresos para la muestra, incluyendo
el afiche. Stotz también recurrió a la colaboración de otras
personalidades para la escogencia de las fotografías. En la exposición
participaron a título individual 150 fotógrafos de Alemania, Austria,
Holanda, Francia, Inglaterra, Bélgica, Checoslovaquia y Estados Unidos.
Aparte, en grupos nacionales, 7 de Suiza y 30 de la Unión Soviética.
También, 6 planteles de enseñanza especializada de Alemania
representados por sus clases de fotografía o tipografía. La exposición
comenzaba con una sección histórica organizada por el artista y teórico
László Moholy Nagy (1895-1946), destinada a ilustrar "los
diversos campos de la fotografía, bajo el ángulo de una visión
documental del mundo, de la fijación del movimiento y de la creación
artística consciente a partir de la sombra y la luz". Revisando la
lista de autores activos expuestos, encontramos entre ellos a una buena
parte de los que sentaron las bases de la fotografía moderna
internacional. En
Foto-auge/oeil et photo/photo-eye, con texto en tres idiomas y 76
ilustraciones, una de las dos publicaciones que promocionaron este
evento –el hecho mayor en la legitimación internacional de la
fotografía moderna durante los años veinte–, el fotógrafo,
historiador y crítico de arte alemán Franz Roh (1890-1965) señalaba
que (...)
se hace preciso que sean sobre todo los profanos quienes tomen la
palabra en este volumen. Amateur significa
“alguien que ama alguna cosa por ella misma”; diletante,
“alguien que aún se deleita en una cosa por ella misma”. En
cualquier caso, la exposición internacional “Film und Foto”, el
acontecimiento más importante en el ámbito de lo visual de los últimos
años, no mostró apenas nada de fotógrafos profesionales, que se
estancan tan frecuentemente en fórmulas convencionales. Esto demuestra
una vez más hasta qué punto rejuvenecimientos e impulsos superadores
en los terrenos de la vida, el arte (y, por cierto, también de la
ciencia) provienen de outsiders que
han permanecido imparciales. Por lo que también este nuevo florecer
fotográfico pertenece mayormente al ámbito (arado por mí) de la mal
interpretada “historia de la producción general no profesional”.[6] Deben
entenderse aquí los términos de amateurs y outsiders sin
ninguna proximidad al concepto corriente de aficionados. Para Roh, como
para otros pensadores del momento, la profesionalización –palmaria
sobre todo en el retrato comercial de estudio– había hecho que la
fotografía sucumbiera a fórmulas pictóricas. La nueva práctica
fotográfica anticonvencional y desprejuiciada encauzaba entonces a este
medio hacia la exploración de sus “específicos” recursos de
representación, de su potencial técnico inmediato. Si se reclamaba el
estatuto de amateurs y outsiders para sus oficiantes,
aunque éstos se dedicaran a la fotografía a tiempo completo, era
porque se presuponía en ellos una mirada descontaminada, libre de
impurezas, ajena a tradiciones negativas, la cual les posibilitaba
llevar a cabo este impulso superador. Y es en ese sentido que Roh hace
el reclamo a bien interpretar lo que él llamaba la “historia de la
producción general no profesional”. Así, cuando Roh habla de amateurs
y outsiders tiene en cuenta a aquellos fotógrafos comprometidos
con el desarrollo de una nueva visión en la fotografía y que acceden a
los espacios donde, en esos momentos, ésta se institucionaliza, desde
la moderna industria editorial hasta el sistema de exposiciones. A
su manera, los manuales de la Kodak –y en general, la concepción de
la fotografía como registro del hecho cotidiano que preconizaba la práctica
popular de la fotografía de la época– también conducían a los
aficionados hacia el uso de la técnica fotográfica directa. Es cierto
que estaban lejos de pretender que éstos participaran del “impulso
superador” que hacía falta para deslastrar a la fotografía de su
contaminación con la pintura –una concepción de la práctica fotográfica
desarrollada en lo fundamental en el campo artístico modernista, como
ya comentamos–, pero el corto pasaje en que por algún tiempo se
encontraron los intereses de la industria fotográfica por aumentar las
huestes de aficionados y el del campo artístico por renovar la práctica
fotográfica bajo un nuevo paradigma pudo ser recorrido por algunos fotógrafos
aficionados perspicaces y sensibles, independientemente de que funcionasen
lejos de una conciencia fotográfica crítica y de sus escenarios de
legitimación. Aclaro:
este corto pasaje al que aludí antes refiere a la exploración de la técnica
fotográfica directa, de los “instrumentos fotográficos” tales como
formas, valores tonales, texturas y líneas[7]
en interés de la objetividad de la representación; pero excluye la
investigación formalista radical que alimentó las poéticas de un
importante sector de los modernos programáticos, aunque no la
preocupación por la forma y la composición. Y eso lo hizo Dávila
Balza. Sin embargo, por lo menos en sus retratos, Dávila Balza resulta
un observador tan penetrante que se aproxima al sentido de
individualización de los personajes que fue tan caro a la mayoría de
los retratistas fotográficos modernos. A la vez, su serie retratística
más tempana, dada la variedad de su constitución, adquiere
potencialidad como conjunto de representaciones sociales –otra
inquietud que se alimentó en la práctica del retrato moderno–, lo
cual resulta un añadido de sentido a la condición originaria de esta
serie como crónica local, pueblerina. Hay
un componente de ingenuidad en el cuerpo de trabajo de Dávila Balza,
que se manifiesta entre otras maneras en ese aire arcádico que sopla en
algunas de sus imágenes, o en la candidez de sus instantáneas.
Asimismo, una deuda con la fotografía pre-moderna, pues aunque en la
configuración del espacio de sus retratos se hace patente una gran
variedad de poses, éstas evocan por lo general la tradición del
retrato de estudio, pese a que se despliegan en un ámbito ajeno a éste. No
señalo lo último como defectos de su producción visual. En esa
interrelación entre su evidente condición amateur, cierta
ingenuidad de visión, referencias a la fotografía pre-moderna y
comprensión de las posibilidades de representación de los recursos técnicos
particulares de la fotografía, Dávila Balza participa –sin
conciencia crítica de ello y, todavía más, sin tener siquiera la más
mínima formación artística–, en los procesos de modernización
fotográfica que le fueron coetáneos desde un modelo alternativo a los
canónicos. Y lo hace aunando a su enfoque sencillo y directo, pero a la
vez refinado, una gran capacidad perceptiva. Notas
[1].
En manos de los descendientes de Dávila Balza se
conserva una cámara Folding Pocket Kodak n° 3 A., modelo B-2, que según tradición oral éste usó en buena
parte de su trabajo. No obstante, la cámara mencionada se
operaba con película de rollo marca Kodak n° 122, y este
segmento del trabajo de Dávila Balza hecho con película n° 116
correspondería al modelo de cámara Folding Pocket Kodak
n° 1 A., no localizada entre los útiles del fotógrafo que
pudimos revisar.
[2].
Humboldt, Alejandro de. Cartas americanas. Biblioteca
Ayacucho, Caracas, 1980, volumen LXXIV, p. 91. Aquí
Humboldt se refiere en un sentido metafórico a Tule, nombre dado
por los romanos a una isla del norte de Europa, probablemente
perteneciente al archipiélago de Shetland. D.
Caldas era Francisco José de Caldas (¿1770?-1816), científico
colombiano nacido en Popayán que realizó estudios de botánica y
fue el primer director del Observatorio Astronómico de Bogotá.
Murió fusilado por su participación en la lucha independentista.
[3].
Berman, Marshall. Todo lo sólido se desvanece en el aire. La
experiencia de la modernidad. Siglo XXI Editores, México, D.F./Buenos
Aires, 2004, pp. 2-3.
[4].
Compagnon, Antoine. Las cinco paradojas de la modernidad.
Monte Ávila Editores, C.A., Caracas, 1991, pp. 15-21.
[5].
Habermas, Jürgen. “La modernidad, un proyecto incompleto”. En: La
posmodernidad (selección y prólogo de Hal Foster). Editorial
Kairós/Colofón S.A., México, 1988, p. 28.
[6].
Roh, Franz. “Mecanismo y expresión: esencia y valor de la
fotografía”. Introducción de: Foto-auge/oeil et photo/photo-eye. Ernst Wasmuth, Tübingen,
1929. Tomado de: Fontcuberta, Joan. Estética
fotográfica. Selección de textos. Editorial Blume, S.A.,
Barcelona, 1984, p. 130. [7]. Strand, Paul. “La motivación artística en fotografía”. (Publicado originariamente en The British Journal of Photography, Vol. 70, pp. 612-15, 1923.) Tomado de: Fontcuberta, Joan. Ob. cit., p. 98. |
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