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José Antonio Navarrete Investigador y curador independiente |
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El viaje sobre un árbol de Miguel García Moya |
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Nuestra inserción inevitable en la expandida cultura de la reproducción técnica nos hace difícil elaborar, en los predios del pensamiento, la estampa adecuada de un momento cualquiera del universo visual pre-fotográfico. Incluso, agrego, de aquel que en vísperas del nacimiento de la fotografía en la cuarta década del siglo XIX, ya contaba con la litografía como medio que permitía reproducir dibujos de manera relativamente económica y fácil: un paso tecnológico importante en la progresiva difusión de la imagen gráfica. Pienso en esto mientras miro detenidamente las fotografías de reconocible hechura contemporánea que Miguel García Moya realizó entre el pueblo Warao, pero no porque los referentes de ellas me evoquen, ni mucho menos, un tiempo pasado. Es un hecho evidente que la mirada fotográfica extendida sobre este pueblo nos lo ha hecho afortunadamente cercano, así como ha contribuido a fortalecer la conciencia sobre nuestra diversidad social y cultural. Pienso en esto –digo enseguida–, porque en tanto productos visuales las imágenes mencionadas de García Moya se conectan con algunas de las tradiciones de la práctica fotográfica que se gestaron en los años iniciales de vida de este invento, cuando el mismo se ufanaba de ser el dispositivo capaz de hacer visible todo lo existente. García Moya ha desarrollado una serie sobre el pueblo Warao que –sin inscribirse como tal– no oculta su ascendiente antropológico; su interés por los caracteres culturales de este pueblo. No obsta anotar que, justamente, la definición de la antropología como disciplina en la divisoria de los siglos XIX-XX fue coincidente con el uso por ésta de una nueva técnica de fijación de imágenes: la fotografía, que proporcionaba certificado de autenticidad a los registros antropológicos de carácter visual. Un hecho que también cumplía la ambición originaria de la fotografía de documentar el mundo: sus paisajes, sus ciudades, sus monumentos y su gente. Además, las imágenes de García Moya se identifican con otra de las aspiraciones tempranas de la fotografía: la de constituirse como una forma particular de visión –o lo que es igual–, como un tipo específico de construcción de lo visual. En la satisfacción de este propósito, la fotografía ha desplegado una suerte de vocabulario de planos solapados, escorzos atrevidos, puntos de mira desacostumbrados, recortes “arbitrarios” del campo visual, yuxtaposiciones de luces y sombras, entre otros recursos de representación que resuelve desde su particular contextura como medio técnico. Cabría agregar, asimismo, que la presente serie de García Moya se entronca con otro deseo histórico del ejercicio de la fotografía: el que asume a ésta como una práctica de intención discursiva, es decir, desde una posición autoral. Para decirlo de otro modo: el que quiere fijar una postura ante el mundo mediante una recopilación de percepciones fotográficas cuyo fin es instaurar, en el seno de la visualidad, las prerrogativas detentadas secularmente por el logos. De todos modos, en esta serie de García Moya hay una estetización del documento –en ocasiones, inclusive, un abandono de sus premisas en la sublimación del paisaje, por ejemplo– que se manifiesta como búsqueda de poesía. Tanto la referencia antropológica, que intenta ubicarse en un espacio metafórico, como el impulso interpretativo, empeñado en transitar por los meandros de la lírica, conforman el espacio donde se localiza la frase que, atravesando la historia de este pueblo hasta la actualidad, sirve como título de la muestra: Warao y el último viaje sobre un árbol. |
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