Natalya Critchley

Reflexiones

Como un artista que creció en Londres, reconocí muy temprano que quería un poco más de luz… tal vez porque me atraían los pintores fauvistas. Matisse era mi gran héroe.

Así que no era sorprendente aunque tampoco planificada que terminara viniendo a Venezuela y viviendo en Ciudad Guayana por casi dos décadas.

La región de Guayana se asocia muchas veces con los mitos románticos de la época colonial, como el de Manoa, o la visión igualmente romántica de la naturaleza espectacular de la Gran Sabana donde se encuentra el Salto Ángel (el más alto del mundo) y los tepuyes con su flora tan singular. La jungla Amazónica empieza un poco más abajo. Pero la realidad de esta ciudad es bastante diferente.....

Ciudad Guayana (el nombre dado a la mezcla de dos ciudades distintas de cada lado del Río Caroní fue desarrollada como parte de un programa mega-industrial en los 50 y ha dado lugar a una ciudad quizá la única con algo de planificación urbana real en Venezuela con una población de alrededor de un millón de habitantes hoy en día.

La escenografía natural es espectacular. Ubicada sobre la confluencia de los ríos Orinoco y Caroní (donde se encontraba el campamento de Topiawari en Raleigh's 'Descubrimiento de Guayana'). Nunca había visto cielos como estos. La energía salvaje del paisaje es igualado solo por la monumentalidad del parque industrial.

Los primeros diez años estuve muy involucrada en la promoción de actividades culturales en las industrias del estado. Esto implicaba el diseño de material gráfico, escenografías, montajes de exposiciones y la organización de talleres en Interalúmina; una refinería de bauxita. El hecho de pasar todo el día en la zona industrial enfocó mi atención sobre el paisaje industrial y produje un gran cuerpo de trabajo relacionado con eso.

Inicialmente mi trabajo era muy figurativo dado la inmensidad, variedad y novedad de todo lo que veía. Sentía que no podía hacer más que un registro de todo lo que estaba viendo, como un trabajo de campo, salía y dibujaba en las industrias o en la calle, muchas veces grandes dibujos en tinta china y pastel hechos en situ.

Mi hijo mayor, Andros, nació en 1988. De entonces en adelante gradualmente me alejé de la zona industrial para pasar más tiempo en la ciudad. La mirada gradualmente giro del paisaje industrial al urbano.       

Cuando ya tenía dos niños (Tomas nació en 1992) empecé a encontrar más conveniente

desarrollar las ideas en el taller más que afuera. Con el paso del tiempo, a través de la repetición de ciertas vistas o íconos, llegué a una abstracción de este paisaje industrial y urbano. Ahora contaba con un alfabeto de símbolos con el cual recrear el mundo, llevando a proyectos como la Fábrica de autopistas, mi propuesta irónica para una ciudad industrial.

Estos símbolos sintetizan un paisaje, una época, una atmósfera con la que ahora puedo inventar mis propias historias, intervenir creativamente en el mundo en el que vivo. El resultado es que he podido tratar el tema de la figura femenina, con la cual tenía tanta dificultad como estudiante. Lo que no podía tragar de Matisse era la objetificación de la mujer en sus famosas 'odaliscas'. O por lo menos no podía identificarme con el artista si me identificaba como mujer con los modelos.

En el año 2000 dejé Puerto Ordaz por Caracas. Aunque la luz no es tan maravillosa hay quizá más oportunidades para los artistas. Continúo trabajando por encargo para la industria (dibujando la construcción de represas, refinerías petroleras, puertos) y otras instituciones (bancos, fundaciones culturales) donde la interacción con las personas que allí laboran es una parte importante del trabajo en el sitio mientras el producto final se utiliza para una variedad de propósitos.

Algunos de estos proyectos (como una serie de vistas desde el helipuerto del edificio principal de un banco importante del paisaje circundante desde los barrios, el centro modernista hasta la imponente montaña Ávila) han sido fundamentales en mi reconciliación con el nuevo paisaje.

Caracas está dominada por la montaña Ávila desde donde miras, separando la ciudad de la costa. Las montañas limitan el espacio que habita la ciudad, que es anárquica y caótica.

En la pintura sigo contándome historias basadas en el paisaje urbano, pobladas del elenco de caracteres simbólicos en una variedad de roles. A esto añado elementos que nacen de mi interés en el arte persa, los textiles y el trabajo de los artistas que me han influido, desde Paul Klee hasta Philip Guston. La pintura es mi gran pasión, es un medio tan rico y versátil que creo que una vida es poco tiempo para conocerla.

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