Para la memoria

Olga Morales

A punto de cumplir 15 años, mis padres me regalaron una cámara fotográfica. Jamás imaginé lo que esto significaría en mi vida.

Primero fueron las fotos familiares, de amigos, de compañeras de estudio y  la imagen de cada uno de los afectos.

Así y con otras vivencias pasaron mis años de adolescencia hasta llegar a ser adulta. Pero el recuerdo trae a mi memoria mientras escribo, a Lucrecia Avellaneda, una de mis mejores amigas en el secundario, que fue secuestrada y forma parte de la larga lista de los 30.000 desaparecidos de este país. Y contar parte de todo lo que ha sucedido en mi vida hasta hoy.

En  los años 70, mi inseparable compañera, aquella  vieja cámara, dejó de ser usada, ya que los caminos me  llevaron a otro lado.

Era fundamental la participación personal en lo social en esos años. Por eso y aunque sin mi cámara, mi retina guarda celosamente cada uno de los instantes de historia y los atesora con el matiz de sus colores y también de sus oscuridades.

Conocí  a mi Compañero Oscar Bugallo, quien fue ejecutado por la Junta Militar chilena en 1973, cuando el poder del dictador Pinochet inundaba las calles de aquel país andino. Logramos recuperar su cuerpo y enterrarlo en el cementerio de la Chacarita en noviembre de ese  mismo año.

A partir  de allí comenzó en Argentina, la dura tarea de sobrevivir en un país donde ser joven y pensar diferente era considerado subversivo.

Me casé en 1975, y mi marido cayó preso ese mismo año estando yo embarazada.

Nuestro hijo Pedro nació en 1976. Lo llamamos así, en honor al viejo Pedro Milesi, un militante ejemplar, veterano ya en esos años.

En 1978 tuve que viajar al exilio con el pequeño y viví en Suecia hasta 1992.

 En 1979 empecé  a fotografiar sobre “la resistencia en el exilio”.

Viajé a Nicaragua, Argentina, Cuba.

Realicé  diferentes exposiciones referidas a los inmigrantes en la comuna donde vivía. También sobre la situaciòn de los refugiados salvadoreños en Nicaragua, sobre Cuba y su danza, sobre Madres de Plaza de Mayo, y sobre Tango, entre otras.

Lejos del país, pero siempre con ganas, participé de todas las organizaciones, movimientos políticos y de derechos humanos relacionados con América Latina.

En 1992 regresé al país definitivamente.

Convertirme en fotógrafa documentalista, fue el resultado de una fuerte búsqueda en el intento de reubicarme e insertarme en la realidad durante los siguientes próximos años de mi regreso.  No fueron tareas fáciles, y aquí estoy.

El argentinazo del 19 y 20 de diciembre del 2001 me encontraron en Chile, en otro de mis tantos viajes intentando recuperar la historia de mi Cro. asesinado, y analizar  la posibilidad de presentar  una denuncia ante la justicia de ese país. Algo que pude concretar el 25 de septiembre de 2003.

Al llegar a Buenos Aires la efervescencia, la ebullición  de la gente y los cacerolazos me acercaron cada día a la Plaza Mayo, pero una vez más sin mi cámara.

Raro, rarísimo, ya que hay 2 hechos en mi vida que no pude fotografiar, y sería motivo de profundo anàlisis, la caída del  Muro de Berlín en 1989 y los cacerolazos de 2002. En ambos participé activamente pero no pude documentar con la cámara sino con el corazón.

En febrero de 2002 comencé  a participar en una de las Asambleas de mi barrio, la de Plaza Dorrego. Una organización  horizontal en la que encontré el espacio que buscaba, un espacio diferenciado de las propuestas de aquellas organizaciones verticales y piramidales, en las que  había participado.

Fue entonces, que me reencontré con y en mi país. Con su realidad ahora mía,  y dije -ahora sí-, soy yo y mi cámara, y descubrí que era un arma capaz de manejar, para desenmascarar la realidad, comprometiéndome con esta historia que entre todos estamos construyendo; cada uno en su puesto de lucha, y este es el mío.

Trato de plasmar a través de la lente y mi mirada, los diferentes momentos, esperando que quienes observen las innumerables exposiciones callejeras puedan palpar el carácter de la crisis.

La lucha contra la impunidad y por la reapropiación de la historia forman parte inseparable de la superación de ésta crisis.

El derecho a la Memoria y la transmisión de la historia son derechos humanos, para que la verdad se transforme en justicia.

Intento documentar para construir, contribuir y reconstruir el rescate de la Memoria. Uno, con su testimonio rinde tributo y construye un relato que proyecta un futuro a partir de esa Memoria. Le pone rostros a la historia cotidiana, ilumina algunas de tantas historias particulares.

Es  valioso el rol que le cabe al documentalista-investigador, en una sociedad que aspira genuinamente a la democracia.

Como homenaje a todos los luchadores populares, dedico esta muestra a los que no están pero viven en nuestras luchas y a todos los que continúan con dignidad construyendo un mundo mejor.

 Para la Memoria.

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