Con la cara en el candelero

Pablo Pérez Riesco, el Kalaka

Barcelona, marzo de 2010

La actualidad nos ha deparado un camino inusual a los artistas del muro. Nos tomó decenios lograr la toma de la calle como espacio natural para la realización del arte. Un espacio que pide eterna atención, vindicación, posición defensiva y, en ocasiones, ofensiva. Esto ha traído una consecuencia feliz: que sea obligación del artista el interesarse por esa calle, por el lugar que ocupa en nuestras vidas y por la gente que la vive y utiliza. La calle es la realidad mínima de la comunidad, del barrio, de la ciudad. Realizar un mural es intervenir el espacio y es responsable atreverse a que esa intervención sea algo más que un ejercicio del ego artístico. Invitar a la participación de la comunidad es permitir que la obra se convierta en algo de todos para todos y que la intervención realizada sea un logro de la comunidad para sí misma; pero también es conocer a las gentes y permitir que lo conozcan a uno. La tarea que comparto con muchos compañeros de liberar los espacios públicos para el arte no tiene más remedio que desembocar en el conocimiento mutuo.

Quizás por ello, o por puro placer, me distiendo obsesivamente en pintar rostros y medios cuerpos. Rostros de gentes que significan algo más que ellos mismos. No creo que vaya en busca de una interioridad o una individualidad, sino que cada rostro me sea toda una cultura, que cada retrato hable de todas las personas del mundo al que pertenece, que vive, que nutre. En la Europa pinto mulatos, indios y gentes del Caribe con el afán de aquel que iba con un ladrillo de su casa bajo el brazo para mostrarlo a todos. De regreso a mi tierra mis retratos vuelven a ser intentos, ficciones en las que quiero atrapar la exacta naturaleza del mundo americano. No lo consigo nunca del todo y acabo manifestando una Latinoamérica propia, mía, la que tengo en la cabeza, esa tan lejana y tan cercana, incontenible, y a la que llevo siempre en el bolsillo donde quiera que vaya. Pinto caras con los colores de la candela y con el corazón enfabulado de recuerdos, el cerebro activo para la invención y el puño, alguna vez cerrado, abierto para tomar los colores y los pinceles.

 

(volver)