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“Ser artista o
escritor, producir obras significativas en medio de la reorganización de
la sociedad global y de los mercados simbólicos, comunicarse con
públicos amplios, se ha vuelto mucho más complicado. Del mismo modo que
los artesanos o productores populares de cultura, no pueden ya referirse
sólo a su universo tradicional, los artistas tampoco logran realizar
proyectos reconocidos socialmente si se encierran en su campo. Lo
popular y lo culto, mediados por una reorganización industrial,
mercantil y espectacular de los procesos simbólicos, requieren nuevas
estrategias.”
Néstor García
Canclini: Cultura híbridas
Del dibujo en la servilleta al mural
monumental, Kalaka ha desarrollado una estética personal de las culturas
latinoamericanas. Pero no a través de sus rasgos específicos, sino por
medio de una sensibilización alegórica hacia sus realidades sociales, su
vida cotidiana, su ser “desde abajo”. Sus telas y murales evidencian una
influencia sumamente reflexiva y redimensionada de elementos cruciales
de nuestra visualidad. De la pintura barroca colonial, del muralismo
mexicano y de diversas estéticas del cómic o historieta, entre otras,
toma ciertas herramientas técnicas, expresivas e iconográficas
con una intención democratizante del mensaje y del lenguaje pictórico
expresionista. Su expresionismo no pretende expresar una interioridad
sino hacerse vehículo de una diversidad de culturas interpretadas desde
su entrañada distancia geográfica. Insiste en que no se trata de
retratos, sino de identidades colectivas.
En esta muestra exhibe un conjunto de telas que en el paso de los
últimos años ha evidenciado su acercamiento a las búsquedas del color,
quizá de inspiración fauvista, como un nuevo material simbólico para
expresar una vitalidad de tales identidades, como vemos en la serie más
reciente titulada Rostros candela. Los murales en sala, pintados
paulatinamente durante las primeras semanas de la exposición, resultan
una estrategia para no encerrar en el mural terminado el proceso
creativo, que es su fundamento; tratándose de un arte esencialmente
efímero y callejero. No ha querido encerrarse en el espacio museístico
como la máscara indígena en el Museo Antropológico: silenciada por la
extracción de su contexto. Ha querido, más bien, dar cuenta en sala de
lo que en la calle adquiere verdadero sentido, pero problematizándolo,
insistiendo en la visibilización del ropaje manchado del pintor de
murales que se presenta en el espacio, cual obrero de la imagen que es.
Inspirado así en la poética social del muralismo moderno, demuestra un
desarrollo imaginativo de la identidad latinoamericana por medio de
iconografías personales de lo popular. Interpretaciones pictóricas y
semánticas (por medio de letreros y signos) de lo caótico urbano, de lo
calido y lo frío de la ciudad, de la jerga callejera y cotidiana, como
especificidad vivida de lo latinoamericano y como parte de su guerrilla
visual antihegemónica.
Sus personajes abordan
naturalmente la cotidianidad del ser popular y urbano desde sus propias
semblanzas y códigos, desde una crónica visual que resquebraja los
exotismos, por ejemplo, cuando sus campesinos y matronas se confunden
con las tribus urbanas de la rebeldía contracultural contemporánea. En
una lucha por la defensa de la diversidad, sus rostros surgen
desgarradoramente del afroamericano, el indígena y el mestizo,
evidenciando sus luchas históricas y cuestionando sus estereotipos
foráneos. La música caribeña, las devociones populares, la santería
Yoruba, la abuela campesina, se hacen formas que evidencian nuestras
profundas hibridaciones culturales. Aché por eso. |