De cara a la candela. Telas y murales del Kalaka

José Leonardo Guaglianone – Asesor curatorial

“Ser artista o escritor, producir obras significativas en medio de la reorganización de la sociedad global y de los mercados simbólicos, comunicarse con públicos amplios, se ha vuelto mucho más complicado. Del mismo modo que los artesanos o productores populares de cultura, no pueden ya referirse sólo a su universo tradicional, los artistas tampoco logran realizar proyectos reconocidos socialmente si se encierran en su campo. Lo popular y lo culto, mediados por una reorganización industrial, mercantil y espectacular de los procesos simbólicos, requieren nuevas estrategias.”

Néstor García Canclini: Cultura híbridas

 Del dibujo en la servilleta al mural monumental, Kalaka ha desarrollado una estética personal de las culturas latinoamericanas. Pero no a través de sus rasgos específicos, sino por medio de una sensibilización alegórica hacia sus realidades sociales, su vida cotidiana, su ser “desde abajo”. Sus telas y murales evidencian una influencia sumamente reflexiva y redimensionada de elementos cruciales de nuestra visualidad. De la pintura barroca colonial, del muralismo mexicano y de diversas estéticas del cómic o historieta, entre otras, toma ciertas herramientas técnicas, expresivas e iconográficas con una intención democratizante del mensaje y del lenguaje pictórico expresionista. Su expresionismo no pretende expresar una interioridad sino hacerse vehículo de una diversidad de culturas interpretadas desde su entrañada distancia geográfica. Insiste en que no se trata de retratos, sino de identidades colectivas.

En esta muestra exhibe un conjunto de telas que en el paso de los últimos años ha evidenciado su acercamiento a las búsquedas del color, quizá de inspiración fauvista, como un nuevo material simbólico para expresar una vitalidad de tales identidades, como vemos en la serie más reciente titulada Rostros candela. Los murales en sala, pintados paulatinamente durante las primeras semanas de la exposición, resultan una estrategia para no encerrar en el mural terminado el proceso creativo, que es su fundamento; tratándose de un arte esencialmente efímero y callejero. No ha querido encerrarse en el espacio museístico como la máscara indígena en el Museo Antropológico: silenciada por la extracción de su contexto. Ha querido, más bien, dar cuenta en sala de lo que en la calle adquiere verdadero sentido, pero problematizándolo, insistiendo en la visibilización del ropaje manchado del pintor de murales que se presenta en el espacio, cual obrero de la imagen que es.

Inspirado así en la poética social del muralismo moderno, demuestra un desarrollo imaginativo de la identidad latinoamericana por medio de iconografías personales de lo popular. Interpretaciones pictóricas y semánticas (por medio de letreros y signos) de lo caótico urbano, de lo calido y lo frío de la ciudad, de la jerga callejera y cotidiana, como especificidad vivida de lo latinoamericano y como parte de su guerrilla visual antihegemónica.
Sus personajes abordan naturalmente la cotidianidad del ser popular y urbano desde sus propias semblanzas y códigos, desde una crónica visual que resquebraja los exotismos, por ejemplo, cuando sus campesinos y matronas se confunden con las tribus urbanas de la rebeldía contracultural contemporánea. En una lucha por la defensa de la diversidad, sus rostros surgen desgarradoramente del afroamericano, el indígena y el mestizo, evidenciando sus luchas históricas y cuestionando sus estereotipos foráneos. La música caribeña, las devociones populares, la santería Yoruba, la abuela campesina, se hacen formas que evidencian nuestras profundas hibridaciones culturales. Aché por eso. 

 

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