Franklin Fernández

Entrevista a Pilar Gispert. Extractos de la conversación

“Manejamos el útero, manejamos el cordón umbilical, manejamos el gran hilo de la vida”

Pilar Gispert

Carta a los hijos, Cantata 106, 2006

 

Estudié en la ULA historia del arte y toda mi experiencia a nivel estético se fundamentó allí. En vez de entregar o presentar un proyecto escrito, se presentaban y se representaban obras teatrales o performances. Se me fue acercando esa forma de interpretar lo que pudiera ser un significado filosófico del arte, trabajando en estética; y también lo que significaba lo dionisíaco y lo apolíneo en el arte. ¿Cómo lo iba a explicar con palabras, si mis manos y mi cuerpo  podían expresarlo mejor? ¿Cómo lo iba a explicar de otra manera? Así comenzó todo. 

Desde que tengo conciencia del hecho artístico como un sentimiento profundo, creo que lo tuve cuando tenía cinco años, cuando mi padre me lleva a Berlín, a ver como se levantaba el muro de Berlín. Cuando  vi el muro de Berlín, ese testimonio del hombre,  esa memoria de esa ciudad; me cambió todo. De allí vengo, porque la memoria de mi ciudad no es donde habito hoy, sino es la memoria donde he vivido toda mi vida.  

He vivido y convivido entre dos espacios: el europeo y el americano, el latinoamericano. He transitado tanto, por tantas tierras y he caminado por tantas calles y con tantas maletas, que mis maletas son mi corazón... y son mis ojos. Y son el recorrido, el horizonte y el mar. Esa es mi conciencia artística.   

A través de una cortina hay un mundo increíble por explorar, el mundo de lo íntimo. Una cortina puede revelar un secreto o develar un paisaje.  

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Tú sabes que la presencia del manto, la necesidad de envolver o de ocultar, esos mantos de miseria de la humanidad, son evidentes en mi obra. Cuando uno tapiza de nombres, cuando uno tapiza de alambradas. O cuando uno tapiza el obstáculo, cuando uno tapiza la frontera... esos son los grandes mantos míos. Es más, desde muy niña, en vez de vestir a las muñecas, las envolvía.

La memoria de mis ojos, son las manos de mi abuela. Las manos de mi abuela las he visto en mis manos.  Sigo envolviendo lo que ella envolvía: el recuerdo, el deseo, el sueño, la ilusión, el esfuerzo, la entrega. 

Desde que  tomé conciencia del textil, me di cuenta que desde que nacemos hasta que morimos somos una mortaja. Nos  envuelven para proteger la primera piel. Y seguimos siendo primera piel para la segunda piel, después de que fallecemos. 

Realmente el escenario de las calles, siguen siendo los grandes mantos. Lo urbano, lo social, el pistoletazo que le levantó los sesos y dejó un imprimatum en la pared.  Puedo rescatar eso como un gran manto. Y el manto es todo lo que piso. El muro de Berlín, por ejemplo. Los nuevos murales de la publicidad, que están invadiendo cada una de nuestras calles. 

Si existe un textil que viene de tus abuelos o de tus ancestros, ese textil debe tener un espacio sagrado, un espacio importante, ritualizarlo de alguna manera y convertirlo en historia. Porque sobre ese mantel, por ejemplo, comieron tus abuelos. Sobre ese mantel secaron la sangre o el sudor de alguien que vino de la calle. El textil, el mantel, el trozo de tela, maneja una historia. 

Las almohadas, por ejemplo, manejan para mi los sueños. No, los sueños no. Las almohadas manejan las memorias, los secretos, el sufrimiento, la soledad, la enfermedad. Creo que las almohadas lo que guardan son los grandes secretos.  

El coleccionismo viene por esa necesidad de atrapar la memoria del otro, ser parte del otro, ser el otro. Eso es coleccionismo para mí. Ese es el impulso del corazón que te dice -no la dejes pasar porque te va a hacer falta-. Para comprarla, para venderla, para tenerla, para romperla, para regalarla, para lo que tú quieras... Ser parte del otro,  ser el otro. Eso es mi obra, ser el otro. Por eso la necesidad de coser e hilar.

Si no tiene un hecho vivencial no lo hago, no lo voy a hacer, ni lo voy a permitir. Todo lo que está hecho aquí tiene un porqué.

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Siempre tengo varias preguntas muy importantes para mí ¿De qué sirve el arte? ¿De qué sirve mi trabajo? ¿Sirve para algo?. Espero no conseguir la respuesta, porque el día que consiga la respuesta, abandono. Prefiero que el arte mío no sirva para nada, antes de perder su autenticidad. Así de dramático puede ser el asunto, pero es una cuestión de venas, es una cuestión de que yo me corte las venas y que fluya la sangre. Y no me importa hasta donde vaya a llegar el manchón de sangre, porque es auténtico.  

A través de una cortina hay un mundo increíble de lo íntimo. Y, a su vez, una cortina puede revelar o develar un paisaje, puede develar el horizonte que es lo más importante. Si el hombre no tiene conciencia de su horizonte, está perdido. Y una cortina es ese velo de maya, al que tu tienes que pasar, es el umbral, es una decisión. Es la salvación. Y el velo de maya es eso. No importa lo tupido que esté o lo transparente que pueda ser, tienes que develarlo. 

También tengo unos mantos de una violencia atroz. El gran manto del petróleo. Allí, en “Tapices y manto de coronación” digo, mantos de petróleo. Mantos de pobreza, los sin mantos, home less, los sin techo. O sea, eso no es una falta de división. Esos mantos de pobreza y de riqueza, a la vez, y de desechos y de basura... es un espacio vomitado, porque yo les dije a estos europeos hoy que yo también soy europea, pero que llevo una conciencia latinoamericana profunda, de dolor, de humildad, reciclamos nuestros propios paisajes, somos barrocos porque reciclamos nuestras propias cosas. Es decir; prefiero mi Latinoamérica con toda su pobreza, pero con esa profunda dignidad que tiene. 

Tengo una especie de horror vacui, horror al vacío y sin embargo necesito la libertad para poder expresarme. Y soy barroca no para llenar ese vacío, sino... es el barroco de asirme a algo, apropiarme de lo que está en el suelo, lo que está pegado en las paredes, para componer mi propio universo y mi propio universo es ordenar ese caos, ordenar esa cosmogonía y ordenarla a mi manera, para que mi orden se conecté al otro orden, esa es una necesidad, ese es el barroco que yo tengo. 

La piel para mí es algo sagrado. El cuerpo es la expresión del alma y el dibujo es la prolongación de ese cuerpo. Cuando entro en acción, entra en acción un gran dibujo corporal, un gran gesto humano, que se acciona de alguna manera y se violenta ante los demás para poder ser un elemento catártico. Porque llega a ser lo que me sucede, pero el otro no sabe lo que me va a suceder a mí. Y en la medida en que el otro vaya sintiendo lo que me está sucediendo, él se está liberando de sus propios sucederes. Y entonces hay una especie de... “te necesito a ti”, porque yo lo voy a hacer a través de mi cuerpo para que tu entiendas lo que te está pasando. 

Lo mismo que te digo de dar  el derecho a la vida, envolviéndote, lo sagrado tiene la misma particularidad. De que uno envuelve lo que aprecia. El tesoro, lo intangible. Un trocito de tela para mí, es sagrado. No lo puedo votar, porque sé que ese punto de tela me va a dar el equilibrio de mis universos de angustia. Y la angustia  es un elemento sagrado intangible. Porque tú lo desconoces, porque te haces angustia. Tú no te angustias porque... sabes que lo tienes allí ¿no?, te angustias por lo que no conoces.  

Todos tenemos esas memorias de las almohadas, esos secretos que se dan y se hacen con lo textil, que es lo que más cerca está del hombre. El textil es lo más cercano al hombre. Y lo último además. Ni siquiera el lápiz. El artista nace y muere con lo puesto, porque nace con la intención y muere con la misma. El artista es el único ser que no se jubila nunca. 

Cosima von Bonin,  Ghada Amer, Tracey Emin y tantas otras, manejan la violencia, manejan la opresión, manejan lo que no se pudo decir en muchos años, aunque lo hemos dicho, simplemente que ahora lo podemos decir de otra manera y con mayor libertad, manejan mucho esa conciencia de lo femenino. Manejamos el útero, manejamos el cordón umbilical, manejamos el gran hilo de la vida, a través de los grandes hilos. O sea que, nosotros nunca dejamos el cordón, jamás.    

Uno es la suma de lo trágico. Eso del hecho de comer flores significa alguien que está tan desesperado y con tanto dolor profundo que lo que termina es comiendo flores y eso realmente es una enfermedad. El tomar un trago de vino y un trago de agua es volver a lo simbólico, a lo religioso. ¿Quién no nos dice a nosotros que a través de un trago de vino estamos haciendo antropofagia también? Porque estamos comiendo o tomando la sangre de quien sabe... Es un poco el sentimiento de lo miserable. El romper consigo mismo para entrarle otra vez a la vida. Es salir como de las esferas de Escher, salir de una esfera para entrar en otra. Y allí también tienes tus conflictos, en que el hombre tiene sus conflictos y muere con sus conflictos. Lo que hace es aliviarlos. 

La improvisación forma parte de mi propio secreto. Lo importante es conectarte con la mirada de la gente. En cuanto yo siento la mirada, sé lo que tengo que decir. Hay un hilar allí. Un hilar que une, vincula: el hilo conductor. Y los ojos no engañan, yo sé lo que estás padeciendo. Todos mis performances forman parte de esa donación del hombre al otro hombre. Todas mis carencias, mis riquezas y mis ganancias son tuyas, y viceversa. 

El objeto es lo que nos remite al tiempo, al pasado. El tiempo nos posiciona y los objetos se pueden convertir en universales. Por ejemplo, un zapato es un espejo, me estoy mirando en él, estoy mirando en él lo que ha sido mi vida. O la vida tuya. Un par de zapatos que hayan pisado veinte mil kilómetros tienen una historia. No es el zapato lo que yo estoy presentado, porque no es lo que me interesa. Lo que me interesa es la huella del zapato. 

Para mí, el mestizaje, es el sentido de lo griego. Por eso hablo de lo griego, porque vengo de allí. Para mí lo griego es el blanco y el negro, el sí y el no, la vida y la muerte, el caminar y el no caminar, el decidir y el no decidir. Es morir o decidir a vivir. Es la libertad, pero, ese mestizaje que viene desde ese gran viaje de los fenicios, de los árabes, porque Europa era gris y Europa sigue siendo gris a pesar de los grandes colores, a pesar de nuestros Benetton, a pesar de nuestra historia. Europa sigue siendo gris, ¿por qué?, porque Europa se nutre de china, se nutre de los árabes y toda la riqueza de los textiles europeos proceden de la india, de la china y de los árabes. Entonces, en ese sentido, sí es un completo mestizaje. Incluso, todo ese barroquismo del color, se inunda, se termina de explotar en la convivencia cosmogónica de los colores de nuestros grandes dioses latinoamericanos. Ellos no conocen a Helena, no conocen a Ulises, pero conocen al Dios del Sol, al Dios de la lluvia, al Dios de la fertilidad, al Dios del maíz, conocen a todos los dioses latinoamericanos, sin necesidad de Helenis, porque tienen sus dramas y sus atragrantadas de corazones, como las llamo yo. Las atragantadas de corazones de los aztecas, que es la misma tragedia griega pero dirigida hacia sus propios dioses. Entonces el mestizaje si es y es una necesidad del hombre cubrirse con otra cosa que no sea su piel. Y le definen de que color quiere ser su piel. Los beduinos quieren ser negros, los guatemaltecos quieren ser de todos los colores de la paleta. Entonces, allí está... allí puedo jugar como me de la gana porque  no he viajado a la luna y todavía no sé cuántos colores hay después de esta atmósfera, pero mientras tengamos a Europa y todo el universo de los mares, podemos tener todos los colores que queramos. 

La vida es una sola entrega y uno entrega la vida. Uno no la vende, uno no negocia la vida, con otro. Yo puedo negociar mi vida con eso del -¿Me cuelgo de ese árbol o no me cuelgo de ese árbol?- Es decir, esa negociación es con uno mismo, pero no con los demás. Uno no negocia la vida, ni la vende, ni la alquila. 

El dedal es la prolongación de mi dedo fuerte, el dedo medio, ¿no lo ves?.. Está en el dedo medio, que para mí no es más que el dedo del corazón y con él genero una fuerza que me permite meter la aguja y el hilo con fuerza. Se convierte en una parte de mí, es como la armadura de mi dedo. Lo llevo cuando trabajo y últimamente lo he llevado casi constantemente, con decirte que llevo 48 horas con el puesto.  

Las telas son memorias, son marcas que tú vas fijando y cada metro te va diciendo una historia. Las telas te van contando historias. Pero en tres kilómetros hay como tres mil historias que contar. Llegan a la necesidad de cubrir.  

No me molesta si el publico pisa mis mantos, mis sabanas, porque son caminos. Son mis caminos y sus caminos por recorrer. Es más, tengo una pieza ahorita que tiene 32 metros de largo. Mientras lo estaba haciendo la gente la pisó. Yo les decía, písenlo porque necesito la historia de la pisada, esa otra huella. Pero la pisada no la el público en la tela, la siento yo. 

El hilo es como la distancia que existe entre dos puntos. Es la línea, la línea del dibujo y con eso tú puedes tejer, puedes dibujar. La tela es el soporte. 

La poesía para mí es la prolongación de la línea en el espacio. No hay más, es la esencia del hombre, es lo más puro que tiene el hombre.  

Tengo 50 años, y podría decir que mi mente ha estado haciendo ovillos toda la vida. Eso es muy importante, porque realmente allí es donde determino desde cuando ando con conciencia o no.

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