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Carmen Hernández Dirección de Artes Visuales - Fundación Celarg |
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Pilar Gispert y el largo regreso a casa |
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“Cuando
a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen,
yo hablo”
Alejandra Pizarnik La exposición El largo regreso a casa de Pilar Gispert que se presenta en la Sala RG, responde a los objetivos institucionales de promover los valores de la diversidad cultural. Esta artista, residente en Barcelona, estado Anzoátegui, reúne en esta muestra varias piezas realizadas en los últimos años, que representan un decantado proceso reflexivo sobre la resignificación de los elementos plásticos tradicionales. Además de sus experiencias dibujísticas y poéticas, Gispert ha transitado ampliamente por la acción corporal y tal vez allí radique su actual impulso por intervenir el espacio con telas, como si éste fuese un cuerpo desnudo a cubrir. En nuestro país existe toda una tradición del uso de materiales blandos en las obras de arte[1]. Sin embargo, es en las propuestas de algunas artistas femeninas[2] donde estos elementos, y especialmente las telas, se asumen como expresión performativa o proceso reflexivo asociado a la construcción de identidades, ya sea sociales o relativas al campo del arte. Muchas veces estos trabajos incorporan referentes personales, en los cuales la costura o el tejido forman parte de una huella expresiva de orden corporal. En La noche del colibrí nos adentramos a un espacio multicolor, donde las formas textiles recubren todo, incluyendo las paredes y los objetos encontrados o creados. Son comunes los corazones y flores construidos en formas suaves, para ser acariciadas, intervenidas con imágenes, textos e hilos amarrados, que actúan como huellas o claves poéticas, de fuerte ambigüedad semántica, y provocativos entre la seducción y el sofocamiento. A través de los recorridos por los diferentes mantos, que funcionan como pasajes narrativos casi religiosos, la autora nos invita a ir desvelando historias, fragmentos autobiográficos, imágenes del arte y de la publicidad, figuras del mundo infantil. Recuerdos individuales y colectivos se entremezclan para ofrecer un extenso collage sobre las mujeres en sus diferentes roles. Esta obra simboliza una crónica o metáfora del viaje en un sentido territorial y simbólico.
En Cantata 106 el espacio está dominado por un gran manto que asume la condición de paisaje. En las paredes encontramos algunas claves del recorrido y que aluden a la experiencia personal y colectiva: platos de cartón con retratos de mujeres, recortes de periódicos, revistas, sillas, afiches, bolsas vacías y llenas, cojines, muñecas... Al enfrentar el espacio se puede pensar que todo está dispuesto de manera azarosa pero la artista tiene su propia gramática y cada objeto ocupa el lugar que le corresponde. Es el lenguaje de la memoria a partir de la vivencia corporal. Margarita Liscano de manera muy atinada reconoce en la poética de Gispert una voluntad barroca, que tal vez puede interpretarse desde la perspectiva estética descrita por Michel Maffesoli como esa mirada interior que representa la feminización del mundo, visible en la disolución de los límites entre sujeto y objeto, y en la fusión de los contrarios, y que en la práctica social se observa en la ausencia de distinciones entre la imagen, la intuición y los conceptos. En la propuesta de Gispert enfrentamos lo barroco, como metáfora de lo plural, que según Maffesoli, permite la activación de un conocimiento más flexible, donde lo lúdico ocupa un lugar vital. Pilar Gispert asume el barroquismo como una estrategia amorosa para expresar las pérdidas afectivas que enfrentamos muchas mujeres en las sociedades contemporáneas, tan determinadas por los valores productivistas y cuantificables de la sociedad de consumo. Por medio del derroche lúdico de sus manos, la artista crea un espacio para la erotización de la experiencia artística y de la existencia. Estas ambientaciones en tela crean una extensión del cuerpo para abrazar el espacio y contener el mundo de los afectos, sobre todo de aquellos ya perdidos en el tiempo. En este trabajo se manifiesta lo que Patricia Mayayo denomina “el retorno de lo reprimido”, que es el cuerpo femenino en su condición de autorrepresentación polisémica, rebelde ante los estatutos establecidos y sobre todo, consciente del goce como conocimiento individual y colectivo. El título: El largo regreso a casa no alude solamente al retorno de los seres queridos, sino al propio viaje a sí misma, a una subjetividad construida a partir de los fragmentos de cada una de sus vivencias. Para Rosa María Rodríguez Magda, el placer del simulacro como estrategia discursiva permite a los sujetos escamotear formas de dominación: “Jugar a las identidades múltiples puede abrirnos renovados espacios de deseo, de autorrepresentación, de relaciones, profundizando en un perspectivismo estético/ético”[3]. Pilar Gispert, en el rol de la rebelde Aracne, desafiante a la autoridad soberbia de los dioses, invita al estallido de las identidades fijas, pues disloca las polaridades entre arte/artesanía, trascendente/trivial y público/privado, que han afectado la valoración de las prácticas artísticas. En su trabajo plástico el barroquismo se reafirma como metáfora de la pluralidad en una amplia extensión. Notas
[1]
Diferentes artistas han empleado telas en sus obras como Jacobo
Borges, Régulo Pérez, Diego Barboza, José Ramón Sánchez,
Eugenio Espinoza, entre otros.
[2]
Por ejemplo: Antonieta Sosa, Sandra Vivas,
Argelia Bravo, Mari Carmen Pérez, Emilia Azcárate, Marianna Collet,
entre otras.
[3]
Rosa María Rodríguez
Magda (2003): El placer del simulacro. Mujer, razón y erotismo, Barcelona: Icaria
editorial, p. 173. |
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