|
Migdalia Valdez |
|
Una realidad que convive con la pareja: violencia Ponencia presentada en el Seminario internacional Equidad de género en acción, Cine-foro de la película Te doy mis ojos, 2003, Dirección: Iciar Bollaín, España Fundación Celarg, 26 de noviembre de 2008 |
|
Sinopsis de la película: Pilar, sale huyendo de su casa con su hijo del maltrato, al que la somete su marido Antonio, tras nueve años de matrimonio. Él no tarda en salir a buscarla, pues, según él, la quiere más que a nada en el mundo. La película ahonda en las relaciones de la pareja, su entorno familiar y laboral, marcadas por el drama de la violencia contra las mujeres[1]. En esta película Iciar Bollaín y Alicia Luna nos ponen frente a una realidad que repunta en buscar ser reconocida como “anormal” desde lo que miramos, en el devenir cotidiano, en la relación de miles de parejas en el mundo: un patrón violento de convivencia. Un fenómeno que aún es muy fácil de evaluar y aceptar desde nuestras creencias impregnadas de mitos y explicaciones sobre las realidades que el mismo encierra. Pilar: recibe solidaridad de su hermana, quien descubre en sus huellas físicas lo que le está pasando con Antonio y quiere ayudarla, sin éxito, a resolver la situación como la entiende. También Pilar logra un entorno donde hacer una nueva vida en la cual aspira insertar a Antonio. La madre busca disfrazar el valor del matrimonio encontrándose también víctima del mismo. Antonio: la busca, la vigila, le obsequia. Asiste a “terapias” que no logran ayudarlo a entender lo que le pasa. Se muestra arrepentido y, le lanza una velada promesa de cambio que ella cree. Pilar: cede y reescenifica lo que busca en Antonio: el beso mítico que le dará el príncipe azul para ser “felices para siempre”. Un deseo enquistado en el inconsciente e imaginario colectivo femenino desde los primeros aprendizajes infantiles.Así ambos repiten el nocivo ciclo en el cual ella vuelve a creerle, lo perdona y muy pronto se encuentra nuevamente atrapada en el ya conocido círculo-vicioso de agresión-arrepentimiento-pedido de perdón-agresión, que la hizo huir de Antonio, bajo el mismo costo de desintegración emocional: frustración, depresión, ansiedad, decepción, destrucción de la autoestima y odio. Antonio: promete, impone y se desata. Crea las condiciones que lo llevan a la concretar su mayor miedo: perderla. La “rompe” por dentro (se rompe el círculo de la violencia) ella se desvincula de su deseo mítico “no es el príncipe que se empeñó en sacar de un sapo, gusano o bestia”, esta vez termina dejando definitivamente a Antonio y se le enfrenta sin miedo, sin más nada que buscar en él. Antonio queda desamparado sin ninguna arma de cómo envolverla de nuevo. En otros casos el agresor insiste en recuperar a su “madre simbólica, la que la socialización de su género le construyó como la que “lo cuida”, lo aguanta y lo obedece en lo que él disponga, tan suya que nunca deja de serlo, si quiere escapársele la declara fugitiva, para él no es que lo deja porque rompió con lo que la ataba al terror en que vivía, para él siempre lo deja porque ella tiene otro, la persigue, acosa, amenaza y hasta la aniquila físicamente. En la reescenificación cíclica de esa pesadilla y como en muchos, en este caso, un hijo de ambos que, bajo esta realidad, aprende que se puede vivir bajo estos patrones de convivencia. ¿Porqué un hombre que dice enamorado de su pareja mantiene una injustificable agresión? ¿Qué razones llevan a que una mujer tenga esperanzas de que quien es su amor pueda cambiar un patrón violento de relación con ella? Entre lo mucho por revisar: Un amor, ese que nos venden en apariencia como bueno, pero que en esencia es fácil que pueda INFANTILIZARSE porque está construido desde el miedo, posesión, control, dependencia, ansiedad, inseguridad, en cuyo nombre se impone y se maltrata. Un amor que encierra en quien recibe el maltrato en su cuerpo y en su Psiquis el mandato de entregarse, renunciar a sí misma para justificar, perdonar, cuidar y agotarse buscando lo que cree su deber: reparar y reacomodar en la pareja e incluso asumir sus errores como propios. Un empeño que debe mantener para evitar lo que cree un fracaso: romper con la pareja (romper el círculo de la violencia que cree normal). A cambio de: renuncia, sometimiento, sacrificio y despersonalización. Una convivencia atravesada por los vínculos de un PODER que impide reconocer a la pareja como un ser humano igual y más de lo que podemos imaginar puede llegar a ser: absorbente, egocéntrico, exigente, prepotente, egoísta, tirano, controlador, avasallador, posesivo, cruel y específicamente sordo a todas las necesidades que no sean suyas. Que pide ser: complacido, entendido, satisfecho, completado, perdonado y aceptado. Que impone, prohíbe, somete y busca hacerse obedecer por cualquier forma de violencia. Son parte de los elementos del fenómeno social conocido como ”violencia doméstica o intrafamiliar”, reconocida en la década de 1970 dentro de la cotidianidad del hogar como la que: no tiene delimitación geográfica, no se ubica en una clase social específica, no desaparece con la formación académica, porque corresponde a una distorsión sobre el valor de la mujer de profundas raíces históricas atornillada por la religión judeocristiana. Una realidad que ha permanecido Invisibilizada y naturalizada bajo las creencias y valores que estructuran las relaciones dentro de la familia. Coincidiendo con Lundy Bancrof en la frecuencia de la misma es “… la cantidad más alta de violencia no gubernamental dentro de cualquier país… y el 90% ó más de esa violencia es del hombre contra la mujer…”[2]. Una violencia que se enquista en la construcción de los GENEROS MASCULINO Y FEMENINO Desde los juegos y mandatos socializadores dentro y fuera de la familia las niñas aprenden que lo FEMENINO conlleva ser vulnerable a la sumisión frente al hombre, a comprenderlo, cuidarlo, buscar que cambie. Así mismo los niños aprenden que lo MASCULINO es ser invulnerable, autoritario, en permanente reto y con todos los permisos. Ambos aprenden que “legítimamente” el mundo privado del hogar es femenino y el mundo público es masculino y que ambos son excluyentes entre sí. Hasta ahora los esfuerzos por combatir esta violencia que vulnera los derechos humanos de las mujeres conserva, en el espacio “inviolable” de la intimidad de la familia, donde “Nadie se debe meter”, una expresión del sexismo para la confiscación de la vida, la sexualidad, la reproducción, la libertad para pensar e incluso asesinar. Entendiéndose aquí por SEXISMO lo que enuncia Alda Facio “una creencia fundamentada en una serie de mitos y explicaciones sobre la superioridad del hombre sobre la mujer, una posición de privilegios en detrimento de la posición de la mujer”[3]. A pesar de que ahora hay leyes que buscan sancionar esta barbarie ya reconocida como delito, todavía existe en quienes aplican las mismas leyes y buena parte del colectivo social la creencia de que “los trapos sucios se lavan en casa” y que estos son problemas de algunos sectores. La relación histórica de dominio del hombre hacia la mujer está cimentada en una ideología, en una estructura que ha llegado a institucionalizarse y que se denomina patriarcado definida por Alda Facio como un “sistema que se origina en la familia por el padre, estructurada, reproducida en todo el orden social y mantenida por el conjunto de instituciones de la sociedad política y civil”. “una buena parte del articulado del código penal cuida legalmente el honor masculino, principio este, heredado del más antiguo derecho romano que otorgaba al PATER FAMILIA (padre de familia) derechos absolutos de vida y muerte sobre las, los integrantes de su familia especialmente sus esposas e hijas”[4]. Esta realidad ha permanecido en el tiempo a pesar de todos los esfuerzos de miles de personas en el mundo. La esperanza está en continuar visibilizando el problema ahora en algunos países, especialmente en España, los hombres comienzan a pronunciarse en contra de los hombres que violentan a sus pareja en nombre de lo que se distorsionó a través de la historia y que luego quedó al servicio de los intereses de aquellos a quienes sirve la infelicidad de la familia y se niegan a sumarse a la obligada campaña de deslastrar a la humanidad de esta encubierta forma de explotación y dominio. En esta ardua tarea puede ayudarnos entender y aprender que el buen amor se alimenta entre dos de: inteligencia, deseos, honestidad, disponibilidad y fidelidad hacia sí y hacia la otra persona. Notas bibliográficas [1] http://www.labutaca.net/51sansebastian/tedoymisojos.htm [2] BRANCROFT, Lundy. “La psicología de la dominación: las conexiones entre la violencia doméstica y la guerra”. Exposición del autor en la I Conferencia Nacional Proyecto de Capacitación Permanente en el tema de la Violencia Doméstica. Instituto Latinoamericano de las Naciones Unidas para la Prevención del Delito y Tratamiento del Delincuente. San José de Costa Rica. 1993. [3] FACIO, Alda. Cuando el género suena cambios trae. Fondo editorial “La escarcha azul”. Venezuela. 1992. [4] Columna género mujer Nº 629 -642. Órgano divulgativo de la Casa de la Mujer Juana Ramírez (La AVANZADORA. Diario El Siglo. Maracay |