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Nelly Richard |
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Discriminación de género y reparto democrático (a propósito de la fórmula de lo paritario impulsada por el gobierno de Michelle Bachelet en Chile) Ponencia presentada en el Seminario internacional Equidad de género en acción, Fundación Celarg, 3 de diciembre de 2008 |
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1. ¿Cómo olvidar la ocupación femenina de la ciudad de Santiago de Chile el mismo día en que M. Bachelet fue nombrada como presidenta electa? Una multitud vibrante de mujeres salió a la calle para celebrar el resultado de las elecciones como un merecido triunfo colectivo del género. Ese día de celebración, las mujeres re-politizaron espontáneamente el territorio público de la ciudad: una ciudad que, durante los años de la transición en Chile, les fue entregada a las mujeres por el neoliberalismo sólo como una vitrina para satisfacer el consumo. En efecto, la dominante neoliberal y su triunfalismo de mercado se propuisieron engañar a los ciudadanos ya convertidos en consumidores por la modernización, con una sobreabundancia de mercancías cuyo revestimiento cosmético iba destinado a encubrir la resta de los cuerpos de los desaparecidos políticos de la dictadura, la ausencia de de los cuerpos sin encontrar y la falta de verdad y justicia en torno a su desaparición. Que mujeres de todas las procedencias se traspasaran entre ellas la banda presidencial que se vendía masivamente en las calles, parecía concretar la ilusión contenida en la cita de Gabriela Mistral de que “Todas íbamos a ser reinas” (G. Mistral). Ese día la ciudad de Santiago de Chile se dejó abarcar por un nuevo registro ciudadano, festivo y paródico, que diseminó el poder a lo largo y lo ancho de cuerpos e identidades tradicionalmente no reconocidos por el poder político. Aquel día de la celebración de Bachelet podría haber sido narrado, a lo Bakhtine, como una carnavalización urbana de la relación entre género, poder y ciudadanía, en la medida en que su paréntesis de la fiesta invirtió las jerarquías entre lo oficial (lo masculino) y lo no-oficial (lo femenino), generando en el interior de la polis desobediencia, revoltura y goce. Poder y ciudadanía fueron, el día de la celebración de Bachelet, los emblemas de lo masculino de los que las mujeres se reaparopiaron multitudinariamente al compartir la banda presidencial en la calle. Ellas se adueñaron de lo que el espacio público de la ciudad dispersaba como “significados flotantes”: el estado y la democracia, finalmente abiertos a la performatividad de lo distinto y lo informulado que disparaba el signo-“mujer” al asumir(se) políticamente. Aunque fueron muy efímeras las razones para confiar en ese triunfo del género, esta fiesta celebrando la asunción de la primera presidenta mujer en Chile debería seguir siendo memorable. 2. La connotación masculina del poder se asocia a la exterioridad y la exteriorización, a la visibilidad y la visibilización de las figuras y las representaciones históricas y sociales. El poder, así visto, es el espacio donde se muestran a la mirada de todos aquellas acciones públicas que son consideras dignas de reconocimiento según la escala (masculina) de valoración social. Mientras tanto el espacio de lo femenino es el espacio de la interioridad y la interiorización, de la invisibilidad y la invisibilización: de lo que permanece difuso y confuso porque, semi-oculto en el mundo de la privacidad del hogar y la familia, no logra ser públicamente discernible ni identificable. Mirado desde la vistosa trascendencia de lo público que es realzada por monumentos, leyendas y personajes históricos que suscitan la admiración ciudadana, la no-relevancia del mundo privado –habitada por las mujeres- se asocia a una esfera indelimitada en sus contornos y que carece de protagonistas suficientemente destacables. La exteriorización de la mujer en las tribunas del poder (político, simbólico e institucional) compensa y desafía la voluntad –masculina- de ocultamiento y tachadura de lo femenino, y contribuye a redelinear contornos de reconocimiento y autoreconocimiento que ayuden a la individuación de quienes (las mujeres) fueron tradicionalmente negadas como sujetos de la visualidad pública. La visibilización de las mujeres en las tribunas del poder público, reformula las reglas de la distribución entre exhibición (lo masculino) y ocultamiento (lo femenino) que trtadicionalmente marcan el cuerpo social y sus imaginarios de la separación de los espacios. Sin duda que el gesto más audaz que anunció M. Bachelet como presidenta fue el de apuntar a un sistema paritario, es decir, a un sistema que busca garantizar la igualdad de representación numérica de las mujeres y los hombres en los aparatos de decisión pública. Aunque este anuncio de lo paritario se vio posteriormente desconfigurado por los acomodos varios de sus sucesivos cambios de gabinete, este gesto inaugural de su gobierno debería ser retenido como un ejemplo: el de querer que la democracia conjugue la diferencia entre los sexos no como “el pretexto de una segregación” sino como “la legitimación de un reparto” entre iguales (S. Agacinsky) que, sin embargo, no renuncian a politizar la diferencia. Y, al decir “reparto”, estamos tocando el fondo de la cuestión de lo político ya que, en palabras del filósofo Jacques Ranciére, “la democracia jamás asegura su existencia, salvo por la acción política de esos sujetos políticos (en este caso, las mujeres) que constantemente vuelven a cuestionar la cuenta consensual de las partes de la sociedad y de las partes que pueden repartirse. La política sólo existe ... por esos sujetos (“otros”) que constantemente reconfiguran el espacio común, los objetos que lo pueblan y las descripciones que pueden darse y los posibles que pueden ponerse en acto.”[1] Las mujeres –en tanto sujetos tradicionalmente excluidos del reparto de lo público- son, entonces, las llamadas a cuestionar el consenso masculino-dominante que las omite, para reconfigurar la democracia desde la parte substraída que ellas representan, aunque no sólo se trate de restituir una propiedad (el espacio que les corresponde) sino de extender la valencia metafórica del desajuste que las marca –el estar de menos o de más- a todos los demás sujetos excluidos por los poderes monológicos que traza el orden general. Aunque demasiado fugazmente, el primer gabinete de Bachelet, bajo la fórmula de lo paritario, puso a circular cuerpos de mujeres en las redes institucionales de la política de estado. Esta circulación tuvo al menos el mérito de evidenciar –por contraste- que las mujeres habían sido –silenciosamente- el significante excluido de las redes de visibilidad pública que busca acaparar y confiscar lo masculino-dominante. La búsqueda de un reparto equitativo de los cargos de poder entre hombres y mujeres le da una dimensión figurativa al problema de la relación entre participación democrática y representación de género, que desnaturaliza la correspondencia pre-establecida entre lo masculino y lo ciudadano-universal. 4. Lo que significa lo paritario con sus medidas de “discriminación positiva” a favor de las mujeres ha sido ya largamente discutido en varios países. Las feministas que defienden lo paritario estiman que las injusticias -materiales y simbólicas- que afectan a las mujeres en su condición de subordinadas, sólo pueden ser reparadas haciendo operar una fuerza de la ley que doblegue al poder. Sin esta fuerza de ley que obliga la sociedad a corregir las asimetrías de género, el poder no se decidiría nunca a suprimir los privilegios que favorecen el trato entre masculinidad y poder o bien se tardaría demasiado en hacerlo. Las feministas que defienden lo paritario estiman, además, que la apertura de cupos reservados para las mujeres, tendría la ventaja de impulsar en ellas una vocación política que se ve generalmente inhibida por la falta de oportunidades que les reserva lo masculino dentro de los partidos y en la política. Pero nada es tan fácil, y le corresponde a la crítica feminista hacerse cargo de las complejidades de análisis que implican la fórmula de lo paritario. Primero, debemos saber que no es lo mismo “presencia” que “valor”. “Presencia” quiere decir: más mujeres desempeñando roles de autoridad. “Valor” supone, además, el reconocimiento social de que la autoridad de las mujeres vale lo mismo que la de los hombres. Para que el sistema paritario implique una real democratización de las relaciones de poder entre géneros, no basta con que se sume la voz de las mujeres a un universo de sentido pretrazado desde antes de su inclusión en él, como si las mujeres fuesen un simple complemento que se suma –pasivamente- a algo ya pactado sin que el orden general adquiera la conciencia previa de la asimetría a corregir. Para que las mujeres no sigan siendo “objetos de definiciones” y se conviertan en reales “sujetos de opciones” (C. Amorós)[2], las mujeres deberían intervenir en la configuración misma del universo de sentido que decide de los significados del poder y que, por lo tanto, formula las definiciones y aplicaciones de lo político. Que más mujeres se inserten en los aparatos de gestión pública no altera necesariamente la simbólica del poder dominante. Ni tampoco desencadena automáticamente las transformaciones críticas que moviliza la “conciencia de género”. Se da el caso de mujeres que, al sumarse al juego institucional de la política, se mimetizan inconscientemente con su retórica establecida dejando así intocada la organización hegemónica del poder. Al verse finalmente recompensadas con su inclusión en los poderes centrales, mujeres que han luchado toda su vida para ingresar a las esferas de influencia ya no tienen interés en transgredir las normas de aquel juego político que finalmente las beneficia. Lo paritario conlleva ambiguedades y contradicciones sobre las cuales debe reflexionar el feminismo. Una de sus contradicciones es tener que conciliar, por un lado, el saber (crítico-negativo) de que la lógica de lo político obedece a una representación –masculina- del poder con, por otro lado, la voluntad (política-afirmativa) de querer, pese a ese saber, mejorar las posiciones de las mujeres en aquella misma lógica institucional que simultáneamente ellas descalifican. Por eso, dice Marta Lamas, “esta contradicción no se resuelve y hay que aceptarla. Por eso las feministas italianas recomiendan asumir esta ambivalencia y “mantener unidas la participación y la extrañeza respecto de la política”. Esto significaría luchar por tener presencia en los escenarios político-institucionales y seguir a la vez cuestionando el trasfondo de lo que significa ese “tener presencia”; involucrarse en las tramas del poder para subvertirlo pero haciendo plenamente visible la “posición de excentricidad, de no inscripción en el orden político”” [3] que manifiesta el desequilibrio de su condición de suplemento. 6. Lo paritario no es una solución a toda prueba y su aporte a la democracia participativa requiere, para ser convincente, organizar gestos dobles y combinados, desdoblados. Sin dejar de reconocer la “diferencia” sexual (“ser mujer”), lo paritario debe argumentar a favor de la “igualdad” en tanto “no discriminación”, recordando al mismo tiempo que lo “igual” (acceder a los mismos derechos) no es lo “idéntico” (homologarse a la invariante de lo Uno). La sociedad teme de que las mujeres, por representar lo concreto y lo particular de la diferencia de género, no sean capaces de velar por los intereses generales de la ciudadanía universal; una ciudadnaía que, tradicionalmente, se reconoce en el lenguaje (masculino) de la imparcialidad que garantiza la razón abstracta. Hay que vencer estos prejuicios en contra de lo no-neutro de lo femenino. Las mujeres que ingresan a la política debens er capaces de alternar, por un lado, el particularismo de la diferencia (ser mujer y acceder al poder desde la reconocida especificidad de esta condición genérico-sexual) con, por otro, el universalismo de la igualdad (defender una variedad de puntos de vistas que excedan los intereses de género de la comunidad de las mujeres para combinar –equivalencialmente- estos intereses con las demandas de la ciudadanía en general). Queda, entonces, claro “que la representación equitativa de las mujeres en las Asambleas no significa que las elegidas deban ser las portavoces de las mujeres: esta visión de las cosas nos llevaría a un fraccionamiento categorial” [4]. Una sectorialización de los intereses según lo que se considera lo “propio” de las mujeres resulta poco compatible con la radicalización de la democracia que necesita transversalizar los ejes de protestas y propuestas sociales a lo largo de una ciudadanía diversificada y pluralizada. Lo “igual” no tiene que ver con lo “propio”, sino con las condiciones de un reparto (simbólico-político) que garantice la participación de las mujeres en las definiciones de cómo se relacionan en una tensión activa lo uno y lo otro. 7. Recordemos, además, que no basta con “ser mujer” –con pertenecer al grupo discriminado de las mujeres- para activar en la cultura y la sociedad los efectos de transformación crítica que se espera de lo minoritario. El sólo hecho de “ser mujer” no garantiza tener conciencia de cómo se ejerce la violencia simbólica de la desigualdad sexual, ni tampoco implica sentirse espontáneamente motivada para luchar contra esta violencia de la discriminación. Sólo la “conciencia de género” –fortalecida críticamente por los avances teóricos del feminismo- permite des-naturalizar la esencialidad de lo “femenino” y de la relación –supuestamente lineal y transparente- entre mujer, sexo y género, para abordar la cuestión de las identidades sexuales en términos de construcciones simbólico-discursivas e ideolótico-culturales. No se puede celebrar el ingreso de un número proporcionalmente significativo de mujeres a los aparatos de gobierno, sin hacerse al mismo tiempo la pregunta que, en los años 80, formulaba la feminista chilena J. Kirkwood: “¿qué significa realmente hacer política desde las mujeres?”. El sub-texto de esta pregunta deja en claro que “no se trata de establecer qué o cuánto les falta a las mujeres para incorporarse, en la forma y en el fondo, a una política que ya está en marcha y predeterminada” [5]. Se trata más bien de imaginar, provocativamente, cómo las perspectivas de género son capaces de cuestionar el universo de sentidos de la política tradicional haciéndola más abierta y sensible a los planteamientos de la(s) diferencia(s). El pluralismo democrático supone el ejercicio de lo que Chantal Mouffe llama “un consenso conflictual” en el que tengan expresión los conflictos y los antagonismos que impiden que la construcción de lo político se cierre en una definición lisa y homogénea. La diferencia de género nos sirve para reflexionar ejemplarmente sobre el tratamiento de lo otro. Sin la tensión minoritaria que introduce lo “otro” (lo no-unánime: lo susceptible de litigio) en la generalidad del consenso, no hay multiplicidad ni disenso, sino unificación y totalización, es decir, sofocamiento del plural heterogéneo de la democracia. Notas bibliográficas [1] Jacques Ranciére. Política, policía, democracia. Santiago, Lom ediciones, 2006. P. 12 [2] Celia Amorós, Mujer, participación, cultura política y estado, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1990. P. 61. [3] Marta lamas, “Ciudadanía, feminismo y paridad”, versión Internet Fundación Guillermo Toriello. [4] Sylviane Agacinsky, “La paridad” en Debate feminista N. 21, abril 2000, México. P. 229. [5] Julieta Kirkwood, Ser política en Chile: las feministas y los partidos, Santiago, Flacso, 1986. P. 181. |