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Carmen Hernández Dirección de Artes Visuales - Fundación Celarg |
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Figuras vegetales del trópico de Vladimir Da’Costa |
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“La
naturaleza sigue siendo el referente ideal de toda finalidad” Jean Baudrillard La
presentación de la muestra Figuras
vegetales del trópico de
Vladimir Da’Costa en la Sala NG responde al objetivo institucional de
estimular las prácticas artísticas venezolanas que reflexionan sobre
los imaginarios visuales contemporáneos, sobre todo desde el
reconocimiento de la diversidad cultural. Desde
hace algunos años Da’Costa trabaja sobre las representaciones de lo
natural a partir de la creación de formas híbridas, ensamblando
pintura sobre papel y tela con semillas y maderas por medio de pabilos
entrelazados, que compositivamente recuerdan algunas formas de culto
populares, en las cuales lo floral ocupa un lugar predominante. Pero sus
planteamientos se alejan de posibles referencias religiosas para
privilegiar la estrategia constructiva del barroquismo que dificulta
elaborar diferenciaciones entre los géneros artísticos -pintura y
escultura- así como entre la procedencia discursiva – lo culto, lo
popular y lo kitsch-. Estas
figuras vegetales del trópico redimensionan el rol de lo pictórico
cuando se confronta la imagen con el texto por medio de un sistema de
enlace que convierte a las piezas en “paquetes” o “fetiches”,
desplazándolas al campo objetual. El artista superpone cuadros
figurativos sobre planos escritos y amarrados por tramas de pabilo,
donde la palabra se convierte en “figura ilegible”, fragmentada y
descontextualizada, quedando en calidad de referente simbólico. Con
este procedimiento Vladimir Da’Costa crea una metáfora de la
tradicional dicotomía entre cultura/naturaleza que se presenta como una
estructura en tensión. A
diferencia de los “objetos mágicos” de Mario Abreu, y de la tradición
del ensamblaje que en el arte venezolano ha empleado diversos materiales
encontrados, Da’Costa construye los elementos y elude los rasgos auráticos
para enfatizar en las asociaciones comunicativas, en un atmósfera próxima
al humor, porque las formas naturales son sometidas a su máxima
esquematización. En el trabajo de Da’Costa, la pintura no representa,
decora. Y el texto con el pabilo, tejen: “La palabra es un hilo y el
hilo es lenguaje”, nos dice un poema de Cecilia Vicuña. Estas
figuras vegetales del trópico,
con su brillante colorido y volúmenes sintéticos, sugieren la
objetualización de la naturaleza y a su vez, se inscriben en una crítica,
relativamente amorosa, a la espectacularidad
de lo artificial. Pero ¿cómo se convierte la naturaleza en objeto?
Cuando ya no se puede experimentar en su organicidad sino como
representación. La
relación entre sujeto y objeto ha cambiado con la modernidad para
favorecer el funcionalismo por sobre la condición simbólica. Según
Jean Baudrillard, el imaginario urbano está tramado por la idea de
funcionalidad como principio interpretativo en el sistema de signos. Según
este autor, “«funcional» no califica de ninguna manera lo que está
adaptado a un fin, sino lo que está adaptado a un orden o a un sistema:
la funcionalidad es la facultad de integrarse a un conjunto”[1].
Más allá de la funcionalidad técnica, se privilegia la capacidad de
formar parte de un sistema universal de signos y por ello, lo natural
queda sometido a un juego de desplazamientos, es decir, queda reducido a
un signo. Este proceso de intercambios ha derrotado las fronteras entre
natural/cultural en lo interpretativo, aunque puedan reconocerse sus
diferencias en lo formal. Baudrillard advierte que esta tendencia decorativa ha domesticado la fuerza natural representada por las pulsiones y se pregunta si no oculta un mundo hipermoral. Las formas de las flores o de la vegetación concebidas “funcionalmente” como signos decorativos, terminan reprimiendo los instintos y escamoteando las diferencias. Frente a este procedimiento, que se ha extendido en el universo publicitario, y que afecta a las miradas del turismo, del arte, de la historia, Vladimir Da’Costa crea una metáfora orgánica y cultural que, desde una perspectiva crítica, puede ayudar a comprender los modos en que es interpretada la naturaleza tropical con la marca decorativa del exotismo. La naturaleza vivida como representación domesticada en sus múltiples imágenes decorativas, compensa la no vivencia de lo natural como fuerza instintiva. Hoy estamos rodeados de ideas de la naturaleza reproducidas por las formas industrializadas que nos acompañan en nuestra cotidianidad. Esta tendencia puede manifestarse sutilmente o de manera muy obvia, porque el efecto “natural” puede estar asociado al ambiente, como un acuario que recrea el fondo del mar. Pero también puede referir el entorno, como una licuadora decorada con flores. Los objetos se “naturalizan” a la vez que los sujetos se “objetualizan”: “Naturalización, escamoteo, superimpresión, decoración: estamos rodeados de objetos en los que la forma interviene como una falsa solución al modo contradictorio en que es vivido el objeto”[2]. Todo aquello que se escapa a este orden se comporta de manera “barroca”, como pura voluntad de forma -según Michel Maffesoli- y que desde la experiencia social puede ser comprendido como el impulso a consumarse en un sentimiento colectivo. Esta “disfuncionalidad” para Baudrillard está representada por los objetos folklóricos, antiguos, excéntricos o populares, que revitalizan una dimensión temporal de orden mitológico. Pero así como en la cultura popular se enraizan las experiencias, las tradiciones, los valores de lo local, las ilusiones colectivas, también es allí donde lo popular circula como mercancía, por medio de las estrategias de las industrias culturales que se apropian de lo popular para insertarlo masivamente como producto de consumo en sus formas más estereotipadas. Pero en este recorrido inevitable se producen nuevas reinterpretaciones y apropiaciones que revitalizan las formas y desestabilizan la homogeneización propiciada por el sistema dominante. El mundo tropical recreado por Vladimir Da’Costa dialoga con la vitalidad de esas contradicciones del consumo cultural cuando enfrenta la precariedad del pabilo con la esquematización colorida de las formas florales, bajo un sistema constructivo enraizado en soluciones populares. Sus figuras vegetales del trópico anuncian esta tensión entre lo objetivo y lo subjetivo, o entre lo funcional y disfuncional. Estas formas se vuelven “excéntricas”, “barrocas” y representan lo que no puede ser sometido y domesticado por esquemas previamente fijados. Esa “muerte de lo real” enunciada por Baudrillard, derivada del exceso de realidad, sostenida sobre el acontecimiento o la experiencia diferida, parece ser menos evidente en los imaginarios de nuestro territorio, más tramado por las superposiciones temporales, donde la ilusión todavía ocupa un lugar importante en la cotidianidad. Notas [1] Baudrillard, Jean (1997): El sistema de los objetos, México D.F., Siglo veintiuno Editores, p. 71. [2] Op. cit., p. 69. |
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