La fábrica de zapatos

Ricardo Bello

Todo zapato puede ser partida o desolación de huída, pero también inicio de camino, el reencuentro con el presente, visto desde los ojos de un futuro previsto en la imaginación. Cuando algo se detiene, es difícil que arranque y el zapato encarna precisamente ese instante cuando optamos por desplazarnos, es la invitación definitiva al movimiento; simboliza el cambio con propiedad, aunque puede ser también un deseo de permanencia. Indica metamorfosis, fin y comienzo de algo nuevo y también, de ahí su riqueza, búsqueda de identidad, apetito por la casa, anclaje definitivo, una oposición implacable a la impermanencia. Resulta premonitorio que el Centro Multidisciplinario de Arte Contemporáneo (CEMAC), una extraña organización valenciana, logre esta empresa colectiva a partir de una idea de este grupo de artistas. Y digo extraña porque Valencia tiene renombre por su zona industrial, por el público que transita infatigablemente las Cuatro Avenidas tras los ríos púrpuras, buscando cuerpos o figuras inalcanzables en su absoluta perfección y no tanto como ciudad atizada por el calor del trabajo de creación en grupo. Esta ciudad cuestionada, amada y controversial, invita al aislamiento pero también produce el antídoto, la resistencia. El Grupo Zapato le toma el pulso a esa necesidad de completar el círculo, de cerrar el movimiento de quien anhela la expresión total y ofrece esta exposición. Los zapatos se encuentran, dialogan y vencen su soledad, alcanzan la sonrisa de quien se va corriendo, el viento en la cara Una exposición sobre prendas para andar implica enseñar el escenario mismo de la mente: cómo nos vemos a nosotros mismos cuando salimos a la calle a vivir la aventura por excelencia, la de penetrar la tarde detenida con la punta de un tacón elevado y la zancada franca, atrevida.
 
El Grupo Zapato, nombre escogido por el anonimato de un grupo de amigos, asumió esa posibilidad de compartir extraordinarios momentos de creación. Trece artistas de distinta edad, procedencia, raza, credos religiosos, condición económica y sexo encontraron la lengua común: el idioma de las suelas, el cuero que cubre al pie. La atmósfera que rodea a este mercado, a esta plaza pública, a esta reunión, es la del individuo que deja de ser individuo al concebir la posibilidad de un encuentro real, un encuentro que permita seguir comunicándose y explorando mundos comunes. El arte es lengua de los ojos, palabras invisibles que laten ante nuestros oídos incendiando la vista con los gritos de la comunión; en este caso, con las despedidas y los encuentros de quien se pone un zapato para huir del escondite, para mostrarse tal cuál es. El ejercicio propuesto en principio como parte de una clínica dictada por Ricardo Benaím, nuestro gato con botas, resulta fascinante. ¿Cómo hubiéramos reaccionado nosotros?, ¿qué zapato nos hubiéramos atrevido a confeccionar?, ¿cuáles son nuestras obsesiones, los fetichismos, los sueños, las memorias y resonancias que toda sandalia o bota insinúa? Una vista a la exposición es casi un deseo de irse a trabajar con ellos o al menos el chance para inventar nuestro zapato propio. Los del Proyecto Zapato se refieren al pie ideal, no al pie único e inconfundible, abandonado y postergado por la mirada pública, sino al pie virtual. El pie que somos realmente, el que nuestra mirada crea cuando decidimos partir y encontrar el camino que lleva a la autenticidad de un proceder más valiente, atrevido y osado. Hemos partido, ya salimos, arrancamos y vamos todos juntos. No hay manera de quedarse aquí, no existe sino esa posibilidad, sino calzar los zapatos y caminar. Ya.

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