- Todo
zapato puede ser partida o desolación de huída,
pero también inicio de camino, el reencuentro
con el presente, visto desde los ojos de un
futuro previsto en la imaginación. Cuando algo
se detiene, es difícil que arranque y el zapato
encarna precisamente ese instante cuando optamos
por desplazarnos, es la invitación definitiva al
movimiento; simboliza el cambio con propiedad,
aunque puede ser también un deseo de
permanencia. Indica metamorfosis, fin y comienzo
de algo nuevo y también, de ahí su riqueza,
búsqueda de identidad, apetito por la casa,
anclaje definitivo, una oposición implacable a
la impermanencia. Resulta premonitorio que el
Centro Multidisciplinario de Arte Contemporáneo
(CEMAC), una extraña organización valenciana,
logre esta empresa colectiva a partir de una idea
de este grupo de artistas. Y digo extraña porque
Valencia tiene renombre por su zona industrial,
por el público que transita infatigablemente las
Cuatro Avenidas tras los ríos púrpuras,
buscando cuerpos o figuras inalcanzables en su
absoluta perfección y no tanto como ciudad
atizada por el calor del trabajo de creación en
grupo. Esta ciudad cuestionada, amada y
controversial, invita al aislamiento pero
también produce el antídoto, la resistencia. El
Grupo Zapato le toma el pulso a esa necesidad de
completar el círculo, de cerrar el movimiento de
quien anhela la expresión total y ofrece esta
exposición. Los zapatos se encuentran, dialogan
y vencen su soledad, alcanzan la sonrisa de quien
se va corriendo, el viento en la cara Una
exposición sobre prendas para andar implica
enseñar el escenario mismo de la mente: cómo
nos vemos a nosotros mismos cuando salimos a la
calle a vivir la aventura por excelencia, la de
penetrar la tarde detenida con la punta de un
tacón elevado y la zancada franca, atrevida.
-
- El
Grupo Zapato, nombre escogido por el anonimato de
un grupo de amigos, asumió esa posibilidad de
compartir extraordinarios momentos de creación.
Trece artistas de distinta edad, procedencia,
raza, credos religiosos, condición económica y
sexo encontraron la lengua común: el idioma de
las suelas, el cuero que cubre al pie. La
atmósfera que rodea a este mercado, a esta plaza
pública, a esta reunión, es la del individuo
que deja de ser individuo al concebir la
posibilidad de un encuentro real, un encuentro
que permita seguir comunicándose y explorando
mundos comunes. El arte es lengua de los ojos,
palabras invisibles que laten ante nuestros
oídos incendiando la vista con los gritos de la
comunión; en este caso, con las despedidas y los
encuentros de quien se pone un zapato para huir
del escondite, para mostrarse tal cuál es. El
ejercicio propuesto en principio como parte de
una clínica dictada por Ricardo Benaím, nuestro
gato con botas, resulta fascinante. ¿Cómo
hubiéramos reaccionado nosotros?, ¿qué zapato
nos hubiéramos atrevido a confeccionar?,
¿cuáles son nuestras obsesiones, los
fetichismos, los sueños, las memorias y
resonancias que toda sandalia o bota insinúa?
Una vista a la exposición es casi un deseo de
irse a trabajar con ellos o al menos el chance
para inventar nuestro zapato propio. Los
del Proyecto
Zapato se refieren al pie ideal, no al pie único
e inconfundible, abandonado y postergado por la
mirada pública, sino al pie virtual. El pie que
somos realmente, el que nuestra mirada crea
cuando decidimos partir y encontrar el camino que
lleva a la autenticidad de un proceder más
valiente, atrevido y osado. Hemos partido, ya
salimos, arrancamos y vamos todos juntos. No hay
manera de quedarse aquí, no existe sino esa
posibilidad, sino calzar los zapatos y caminar.
Ya.